lunes, 9 de agosto de 2021

Libro Chillán, su historia, mi historia; Presentación oficial Sala Arrau Teatro Municipal de Chillán.

Presentación Teatro Municipal de Chillán / Sala Arrau






Proyecto financiado por el  Ministerio de las Culturas,  las Artes y el Patrimonio, Convocatoria 2021


Cuando nos encontramos ante un libro, es como encontrarnos frente a un visitante en el umbral de nuestra casa. Según nuestras percepciones decidimos dejarlo entrar o no. Esa decisión puede significar quedar igual o experimentar un cambio a nivel cognitivo y espacial. A nivel espiritual, enriquecedor milagro que requiere aire, en estos tiempos de ventilación mecánica con o sin intubación, la tecnología también funciona con esa artificialidad y tristeza. “Es arriesgarse a que, cierta noche, un texto, un cuadro, una sonata llamen a nuestra puerta –Reales presencias gira por completo en torno a esa imagen- y es posible que el invitado destruya e incendie por completo la casa. Es posible también que nos desvalije con un gran aletazo. Pero es preciso aceptar al texto en nosotros mismos, no tengo palabras para describir la riqueza de esta experiencia que he hecho mil veces, especialmente leyendo la Ética de Spinoza, que es para mí una referencia última.” Dice George Steiner. 

Casi acostumbrados a la lejanía humana, esta cercanía del hombre y su obra proporciona  un nuevo espacio en la forma de habitar los momentos aciagos condenatorios del insufrible claustro, aburre todo el tiempo la pantalla, cansa la automatización de las imágenes y la claridad cada vez más sofisticada del 4k y su realidad Led plasmática en un cuadro que desaparece apretando un botón.

Volvamos al origen, abrir un baúl en el cuarto de atrás de la casa o en el sótano de la memoria y recibir la luz de la lignina empastada en la nariz, encontrar lo que el autor quiso decir hace cien años o menos tal vez, en algún lugar, en algún territorio indescifrable, en la canción terrestre de las melodías únicas urdidas por la razón y la emoción. Vale decir por la sempiterna inspiración, aunque esto no sea la única razón de escribir. Ahora bien, el arte de leer es una disciplina que requiere de tiempo y disposición a realizarla continuamente. Leer no significa juntar palabras y quedar vacíos, leer es predisponer el espíritu frente al autor, abrir la puerta y dejarlo entrar, olfatear la tinta de la imprenta, la sensación del papel en los dedos y permitir el viaje a la espesura, llorar si es preciso, partir el hielo o reír entre el asombro. Leer es vivir, apaguemos la tele por un rato y miremos que es lo que pasa.(Laura Daza Valenzuela / Casa Gonzalo Rojas) 



Maria Loreto Mora / Laura Daza Valenzuela / Máximo Beltrán Fuentes / Camilo Ortíz Fuentes

 






PRESENTACIÓN / Camilo Ortíz / Escritor.

“En busca del tiempo perdido, la novela sobre el tiempo de Proust, es un intento de devolver la estabilidad a la identidad del yo, que amenaza con desintegrarse. La crisis de la época se experimenta como una crisis de identidad”. Escribe uno de los más significativos pensadores contemporáneos, Byung Chul-Han, en su libro “El Aroma del Tiempo”. Proust, el maestro de la memoria y cumbre de la literatura francesa, ya avizoraba la importancia del recuerdo en la identidad del individuo y no sólo de su personal historia, sino que del colectivo que la hace posible, pues sabemos que ésto no se produce sin los otros que nos la producen, digamos que uno es uno porque los otros también son conmigo y mi entonces ciudad es conmigo, sus historias de una u otra forma me construyen. Y las historias que arrancan de tragedias, pululan en el aire de Chillán, de ahí cabe de sobremanera la pregunta inmemorial del autor que es la de toda humanidad ¿A dónde van nuestros muertos? En lo personal, a dónde ha ido mi madre. También me confieso un perplejo viajero sobre tal pregunta.

La obra de Max acomete la proeza de unificar al individuo con su tierra y el resto de sus habitantes. Su viaje en apariencia personal se haya poblado de otros viajeros. La memoria telúrica es asunto central en Chile y se puede demostrar por varios caminos, en este texto lo histórico y lo emocional se unifican en un solo personaje, Alonso. En estos lares se comienza por la tragedia y se acaba en ella, esa ala negra todavía aún acurruca a la comarca, vuela por debajo. Pero entonces, por qué no la hemos llorado en su debido momento; la abuela de Alonso dice “para el terremoto nadie lloraba”, entonces aquí parece que no se llora mucho ni se acepta el horror en plenitud. Hay algo muy para adentro en esta ciudad y eso nunca es sano.

Podríamos colegir lo siguiente, si aceptamos la muerte a la manera de Heidegger, ella determina nuestra noción de tiempo y en ese tiempo que es historia, radica también nuestra identidad; a la inversa, si no aceptas la muerte el tiempo se difumina en un existir absurdo, una simple sucesión de momentos sin forma donde la identidad ya no importa y la de tu ciudad tampoco. Puedes vivir para siempre consumiendo en los malls que como hordas de lobos nihilistas neoliberales uniformaron y destruyeron al abuelo recuerdo del adobe y los adoquines en la provincia. Allí en tales estructuras, al igual que en las pantallas de los celulares, no existe la muerte y todo es etéreo, feliz e inmortal. Se debe aceptar la muerte y el llanto que lleva consigo, es la única manera de escapar a la succión del maldito vacío que conlleva el desconocer nuestra propia historia que al parecer no a tantos interesa, pues en un acto supremo de hedonismo y narcisismo, para el joven chillanense parece que todo comienza en él y se acaba en él mismo. Es cuestión de pulsar una tecla. Universal fenómeno sin duda.

Y en ese sentido vemos también que la propia ciudad ha conspirado contra sí misma.

Y qué esperábamos si nunca hemos tenido ediles a la altura del conflicto. Solo administradores del progreso expedito que todo lo arrasa, ya que cuando el dinero se opone a la memoria... la plata manda.

Se han desmontado los árboles de la avenida O’higgins y sus viejos adoquines. Claro que la lista es más larga de crímenes patrimoniales. Y me preguntó si esos adoquines tenían menos valor que los intocables de Praga por donde deambuló tantas veces Kafka.

La respuesta es no. Jamás. Nuestra memoria exterior se unifica con nuestra memoria interior y esa nos la han impedido. La identidad no tiene que ver con una importancia hacia el mundo. Y ese ha sido el burdo argumento para destruirla y así a las otras. Siempre ha sido nuestra y solo nuestra y aunque no seamos una ciudad de cultura mundial nos debemos a nosotros mismos; querernos a nosotros mismos es también la evocación de nuestros sagrados recuerdos en materia y palabra.

Queda patente en esta obra a la manera de un manifiesto de resistencia donde confluye un lejano pasado que llama “Chillán, su historia, mi historia”
 
Como dice Borges: “Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”.


PRESENTACION
(por María Loreto Mora / Sociedad Chilena de Estudios literarios SOCHEL)

Fotografía Aporte Richard Pincheira


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