sábado, 4 de julio de 2020

Estación Talquipen, un recuerdo común


por Joan Bautista Issac

Entre los lugareños circula el rumor, que demolerán la Estación, para los adultos más jóvenes, su antigua escuela básica, para algunos mayores es tan terrible que ya están resignados. Ellos fueron los que abandonaron las casas de funcionarios de ferrocarriles (casas de camineros o pabellones), arrasadas para emplazar la actual escuela básica de Talquipen, que de paso, corto la proyección de la trocha, entre Estación Talquipen y la localidad del Maiten, obligando a más de un centenar de personas, entre ellos adultos mayores y niños, obligados a transitar por el costado norte de la carretera N-49, que unía Chillán con la Comuna de Coihueco. 






Pareciera que se empeñarán con atentar contra lo único que va quedando de la mayor obra pública de la localidad, y es que muy bella y celeste, su colorido se traspasa al corral, a la pista de carreras de galgos y el poblado se funde en ese color. 

La estación ha devenido en un columbario para palomas, así también en la perfecta locación para conseguir capturas fotográficas y presumir preocupación y “urgencia” en salvaguardar este icono que se aferra a la memoria no tan solo de los habitantes del lugar, sino de Ñuble.

Sin embargo el tiempo pasa y la materia se deteriora, la humedad ha empodrecido casi la totalidad de la fachada norte, la más desfavorable, en cuanto expuesta ha quedado a los vendavales y el arrastre de agua lluvia. Por más de un siglo los inviernos no han dado tregua, que ni el entablado de roble ha podido ofrecer resistencia a tal desgaste o el corredor que amparaba el primer piso y cuyos postes embebidos sobre base de hormigón garantizaban la separación del suelo. 






En algunos casos, en especial ésta, su maestría de diseño y ejecución ha mantenido casi intacta su estructura; “sus cimientos no se han visto afectados”, es decir no poseen compromiso estructural, que evidencie daños irreparables, resulta notable destacar el despegue con respecto del suelo de las vigas de piso, donde ostenta vigas de roble, ya apellinadas y de gran escuadría, que equidistantes sustentan el desvencijado entablado; ahora tapizado de botellas de vino, latas de cerveza y colillas de cigarros. 

La marginalidad rural ha contribuido a lo suyo, 
y el abandono por parte de las autoridades.

Ya no se construye como antes, resulta descabellado el pensar en una reconstrucción, y es que en definitiva la estación que pareciese tipología mundial, es la única que ha pervivido por estos lares. Misma suerte no corrió su homónima Estación Pinto, posterior al retiro de las vías en la mitad del 40, paso a ser ocupada como estructura educacional, teniendo cabida allí la formación y enseñanza de niños de Estación Pinto. En la actualidad ese lugar recibe ese nombre, paradójicamente no queda nada de la Estación. Cabe notar la reutilización de la estructura ferroviaria, para salvar la necesidad de una Escuela para la comunidad.

Los lugares se constituyen cuando alguien los habita, los hombres hacen los paisajes (concepto humano), son salvajes, el tren urbanizo, donde se detuvo ahí llegaron otros, fue un agente civilizador, el camino era hecho por hombres a caballo, la trocha lo que hace es tecnologizar una senda, se pone sobre lo que ya estaba.

Un cartel de cartón piedra fijado con tachuelas, sobre el tinglado de la fachada sur recuerda el tiempo en que posterior a su primer abandono, esta fue ocupada como infraestructura educacional… “Quiero compartir el futuro de mi comunidad estudiando para serle útil el día de mañana”… 

No obstante son los mismos lugareños, cuyos antepasados vieron por primera vez el tren llegar al andén, los que a menudo desbrozan la maleza, hacen aseo, y contemplan la estación. El silencio no siempre estuvo ahí, y desde ese mismo lugar, alguna vez un niño, campesino o arriero diviso a unos pocos metros las maniobras del Tren Chico, la columna de humo y el chirrido de las ruedas friccionando los rieles, los pitazos, la carga, la descarga, la alegría, el andén, la partida, el mundo conocido, el viaje, el mundo desconocido, el periódico, las sustancias, el ir a pelar una naranja en las escalinatas de la bodega al atardecer, la columna de humo todo bullía. 




En tanto en el zócalo de la ex plataforma de descarga, en la actualidad inexistente en su tipología de galpón, convoca la mayoría de las tardes después de haber terminado sus labores en el campo, a una comunidad al encuentro de su memoria.

Talquipen el lugar está instituido, es de una institución humana, Talquipen lo que produce acuerdo. Ya no hay trenes, y aunque ya no hay trocha para servir intereses económicos, permanece y es reconocible, tiene que ver con el recuerdo y la memoria, que de tan compartida se hace un bien conocido.

Más allá de una estación es un bien… un recuerdo común.

martes, 1 de octubre de 2019

La CHONCHONA, el pariente pobre del volantín

Miguel Angel San Martin



La chonchona es la pariente pobre del volantín. Sin embargo, es la regalona de los más chicos de las casas pobres de nuestra sociedad. Es barata, se confecciona con hojas de periódicos viejos, se eleva con poca cuerda ya que nos obliga a correr, y soñamos junto a ella con el vuelo de las aves, mientras su cola se balancea por la brisa de septiembre.

En mi casa, donde éramos cuatro varones que crecíamos como una escalera, a mis padres profesores apenas les alcanzaba el presupuesto para vivir sin sobresaltos. Entonces, nosotros agudizábamos el ingenio para pasar los días de Fiestas Patrias disfrutando de los juegos tradicionales de nuestra tierra.

Mientras mis hermanos mayores montaban un “taller de artesanía” en el patio de casa, confeccionando volantines y pavos (volantín más grande), curando hilo con vidrio de ampolleta molido hasta convertirlo en polvo y con cola derretida en un tarro de durazno recalentado en una fogata, yo le pedía a “Mi Nana”, la María Sebastiana, que me hiciera una chonchona. Y ella, con manos regordetas hábiles para amasar pan, se las ingeniaba para hacerme una chonchona con “papel Mercurio” y cola larga. Con “hilo de bolsa” le hacía los tirantes y con tres o cuatro metros más de cuerda, me echaba a correr por la vereda de pastelones de calle Cocharcas, entre Brasil y Rosas, llevando la chonchona arriba, meneando su cola encabritada.

Mi vecino y gran amigo, Alexis, se asomaba al antejardín de su casa y se ponía a correr conmigo de un lado para otro, con la sonrisa a flor de labios y la ilusión tan alta como la chonchona. Y luego se sumaban más: el Camise’loco, el Peluca’e tony, hasta formar un grupo de rapaces llenos de risas.

Cuando nos cansábamos de correr de un lado para otro, nos poníamos a jugar a la “Capitula”, un círculo dibujado en la calle de tierra y los bolitos de piedra y de cristal, en una bolsita que Mi Nana me había hecho con los restos de una camisa. No ganábamos ni perdíamos mucho, pero nos pasábamos largo rato en la calle, con las rodillas ennegrecidas de tierra y las manos a tono.

Después, nos dedicábamos a jugar al trompo y hacíamos largos recorridos empujando una chapa de bebida (o una moneda), tratando de llegar lo más lejos posible de un solo golpe. De una esquina a otra, casi sin interrupciones, porque por esa calle pasaba una carretela o una carreta sólo muy de tarde en tarde.

En fin, eran juegos tan tradicionales, tan imaginativos, que cada día nos parecían distintos, diferentes, incluso hasta más entretenidos.

LA CUECA DESPARRAMADA POR EL MUNDO

p. Miguel Ángel San Martin







Los sones de la cueca se han oído con fuerza en todo el mundo. Porque lejos hay chilenos que no se olvidan de sus tradiciones y convierten sus propias realidades extranjeras en fondas multicolores y en fiestas que apenas comprenden los habitantes de allá.

Los chilenos repartidos por el mundo han conformado extensas e intensas redes virtuales, en las cuales van comentando lo que hacen, se aportan ideas e intercambian emociones.

Por ejemplo, aquí en España, desde hace muchos años que no faltan los que organizan festejos y que socializan con hispanos la alegría de celebrar la independencia de la Patria lejana. Claro que se ha tenido el suficiente tino como para no comentar que se trata de la celebración de la independencia de Chile de la dominación española…para no despertar susceptibilidades.

A propósito de esto, recuerdo que hace un par de décadas, durante una tremenda ramada que hicimos en un parque de Madrid, llamado “Casa de Campo”, con asistencia de más de cuatro mil personas, estuvimos tres días bailando cuecas, cumbias y rancheras. Y, por supuesto, comiendo empanadas y asados, acompañados de un buen “tinto chileno”. Lo servíamos en botellas con etiquetas chilenas, pero como el vino se nos había acabado, las rellenábamos con un tintito de la casa. Con un poco de emoción patriotera, convencíamos a la clientela de que era original de nuestra tierra.

En una conversa que tuve con un español avispado, le respondí a su pregunta sobre la celebración del Dieciocho. “Se trata de la fiesta de la Independencia del invasor español”, le dije provocativamente. Y me respondió con rapidez: ”Serían tus parientes, porque míos no lo eran”. Y me dejó seco. Porque tenía razón. Nosotros somos mayoritariamente descendientes de españoles. Por lo menos, nuestros apellidos así lo señalan.

En fin. Sé que en Canadá, en Suecia, en Francia, Italia, Nicaragua….y en muchos países, los chilenos desparramados por el mundo dan rienda suelta a sus emociones y añoranzas de la Patria lejana. Son los dieciochos más nostálgicos, un remedo, un sucedáneo de lo que sucede en nuestros pueblos y campos. Son el grito de amor de aquellos que por diversas razones viven en el extranjero.

Pero son igualmente dieciochos patrióticos. Son tan auténticos como el que más, porque se baila la cueca con sinceridad, se brinda por Chile y porque la vista se nubla a cada sorbo, abriendo el paisaje rotundo de la Patria lejana, que se encuentra anidada en el corazón de cada cual, esté donde esté.



lunes, 2 de septiembre de 2019

La patria se nos torció cuando a O´Higgins lo obligaron a renunciar.

p. Ziley Mora Penrose


La abdicación de Bernardo O'Higgins
por el pintor chileno Manuel Antonio Caro


La patria se nos torció desde el día mismo en que a O´Higgins lo obligaron a renunciar. De lo contrario, nadie hubiese pensado desconocer el ancestro, pues todos los chilenos, la peonada victoriosa en Maipú, éramos “huachos” como él. El otro gran Libertador, San Martín, también era mestizo como nosotros, pues tenía sangre guaraní. Todos nos sabíamos “hijos naturales” del Chillimapu con padre español. Menos la fronda aristocrática capitalina, que se sintió herida porque el huacho Riquelme les quitó sus títulos nobiliarios, las corridas de toros y antes, los esclavos. Pero hoy es difícil el regreso a casa, máxime si el Estado en 1881, al invadir La Araucanía decía: “ellos, los indios bárbaros, y nosotros, los occidentales hijos de Rousseau y Montesquieu”. Rápido olvidaron que los longkos Coñoepan, Colipi y Nahuelhal sirvieron lealmente a la causa criolla. Más rápido aún, esa elite desconoció la invitación de O´Higgins a reconocer la independencia de la nación mapuche contenida en el Tratado de Tapihue, y crear con los pueblos al sur del Bío-Bío, una poderosa alianza sostenida por la mutua defensa de la libertad como fundamento. Su infancia ya estaba marcada por el augurio de que iba a ser el Gran Longko de la Patria: estudiar en el Colegio de Naturales o Colegio de Nobles Araucanos, junto a los hijos de los longkos. Aquí, en Chillán, aprendió la lengua ancestral. Nunca más dejó de practicarla ni en el Palacio de La Moneda. Fue el primero, y tristemente el último gobernante chileno, el único, en manejar el mapuzungun.

Noche del 20 de agosto del 2019. Me veo dirigiendo una solemne ceremonia sacra en una imponente catedral. En mi sueño soy el maestro de ceremonias. Lo central del rito es un concierto que ejecuta el Orfeón de Carabineros, junto a un trabajado Coro de uniformados de su Escuela. Hacia el final de la ceremonia, yo me adelanto en bajar por un estrecho túnel donde también pronto descienden los guardianes del orden. Anuncio a todos que los carabineros de despiden con un himno final marchando marcialmente hacia las profundidades del templo. Y mientras ellos avanzan cantando una mítica canción, veo que luego del pasillo, en el amplio sótano, los espera un gran y rudo grupo de unos muy exaltados comuneros mapuches. Airados, y en total pie de guerra, levantan sus viños de palin y sus armas, gritando dispuestos a enfrentarse a esa columna de cantantes de uniforme. Entonces, el ritmo del canto se intensifica y se une como un río en la mar de gritos esparcidos al aire en lengua mapuche antigua. Hay confusión al inicio, pero pronto veo que ambas lenguas se suman en un solo nuevo himno, igualmente sublime,pero ahora con redoblada fuerza, conmoviéndome hasta mis fibras más íntimas. Luego se escucha una solo poderoso Coro donde las diferencias ya no cuentan.


Despierto y comprendo: es perverso extremar una supuesta guerra como si fuésemos dos sangres extrañas: ¡el 15% de la policía es mapuche! Cada día más ausentes los puentes para el diálogo con este pueblo, el conflicto del Estado con nuestra raíz originaria, no se soluciona con medidas y actitudes comunes, con política mediocre. La solución es bajar con lo mejor al sótano de la patria y allí reconciliarnos de verdad con nuestro ancestro. Pero para ello se requiere poner lo extraordinario en juego. Solo se soluciona si el Estado entero apela a una “armonía coral” superior, si activa un tipo de compromiso sagrado, capaz de vibrar y sintonizar con el corazón humillado de la tierra, con el alma mapuche resonando aún viva en nuestro ADN: “un problema no puede ser resuelto en el mismo nivel de conciencia en el que fue creado” (Einstein). Ese día el huacho Riquelme de seguro entraría de nuevo a caballo y cantando a La Moneda.

sábado, 13 de julio de 2019

CHILLÁN Y EL TRABAJO DEL GRAFFITI MURAL

EL TRABAJO DEL GRAFFITI MURAL Y
EL FORTALECIMIENTO DE LA IDENTIDAD LOCAL.

Texto publicado en el Libro Memoria Gráfica 
de la Agrupación Pintarte
Pag. 297, autor Máximo Beltrán (2019)



Libro  Memoria Gráfica de la Agrupación Pintarte.
2009 - 2018
Primera Edición , marzo de 2019


¿Quién fui? ¿quién soy? y ¿quién seré?, son las tres interrogantes que sitúan el proceso de identidad personal y colectiva; de esta manera sutil y perenne se yuxtaponen pasado, presente y futuro en este viaje memorístico e identitario de pertenencia y arraigo de un colectivo urbano que lleva más de quinientos años. Chillán es un relato que anuda recuerdos desde 1580, que necesita ser contado a modo de cuentos alrededor del brasero en un corredor viejo, provocar que ese recuerdo te anude a la tierra y que de manera sempiterna seamos capaces de reconstruir nuestra historia, quizás resignificando todo lo aprehendido para llegar a situarnos limpios y sanos en las puertas de la modernidad.

Sin esa simbiosis no podemos hablar de identidad, tan solo de fragmentos parchados de un gran relato que asoma a veces, cuando el interés personal se ve afectado. De esa manera Chillan, como muchas ciudades y pueblos de Chile, es una sumatoria de parches que fueron sucediéndose sin querer y que reviste necesariamente un replantearse que queremos construir; para que la gesta de nuestros antepasados (y no hablo héroes y artistas que ya están muy “manoseados”) refleje una narración coherente lejana al ruido de la omisión en los textos de estudio de nuestro relato de ciudad, provocando una ignorancia muy peligrosa en el sentido, como decía el filósofo francés Jacques Derrida, “el desmantelamiento de nuestras construcciones simbólicas originaría la ausencia de centros, lo que implicaría una tensión permanente”, es decir la ausencia de un relato ciudadano implicaría si y solo si un desarraigo a su entorno, deshumanizándolo; dejando indefenso su sistema inmunológico de saberse, de reconocerse, de espejearse con el otro.

En este contexto de identidad emergen cuadrillas de jóvenes desde hace varios de años, que urden un entramado visual en los lugares más increíbles, registrando con el mural  urbano  historias de nuestra memoria; ellos son la agrupación “Pintarte”, colectivo de promueve iniciativas de educación, promoción y difusión del graffiti chillanejo. Insuflando diaporamas  y reflejos de nuestra identidad, con dibujo, color, líneas y atrevimiento; luchando para que no nos deshumanicemos en esta vorágine sempiterna en el que muchos caen sin vuelta. Pero ahí están reafirmando identidad y reconstruyéndola, escarbando en la memoria de sus padres y abuelos, trayendo imaginarios olvidados para que el transeúnte se pregunte, ¿de dónde venimos? ¿Cómo surgió ese relato? 

Gabriela Ferrada, Presidenta de la Agrupación Pintarte,
haciendo entrega de un ejemplar del libro a Máximo Beltrán

Las murallas viejas y feas se engalanan en este Chillán lleno de parches; los vecinos prestan sus panderetas, los colegios sus murallas, un edificio gubernamental sus pasillos y así éstos vestidos de memoria van  provocando interrogantes en nuevas miradas, gestos momentáneos que humanizan de nuevo al habitante de la ciudad, lo espejean con lo simple, con aquello al cual nunca debiera haberse desconectado.

Pag. 297