lunes, 14 de enero de 2013

Santa Elvira y sus lavanderas...



Rugendas las inmortalizó, en su cuadro “EL huaso y la lavandera”, que está en el Museo de Bellas Artes de Santiago….es pequeñito, mide solamente 30 x 20 cms, y posiblemente sea del año de su permanencia en Chile entre 1830 al 1840 más menos... ; pero por los años 70 y entrada la década de los 80, todavía este oficio “casi patrimonial ” tenía vida…entre sabanas ajenas, y el refriegue que gastaba sus manos; nos “acicalábamos limpios” para ir el lunes al colegio, con el sudor y el trajín de manos extrañas…

Alberto Arraño, en una publicación en el Diario La Discusión, de octubre de 1995, escribe sobre este antiguo oficio, como una manera de recordar y seguir “hilvanado recuerdos”, dejo con ustedes sus palabras que simbólicamente y a modo referencial nos habla de unos de los hitos de Chillán, “las lavanderas de Santa Elvira”.

Viven por la Población Santa Elvira, hacia el costado norte de Chillán. Son dos hermanas. Una se llama Clara y la otra, Rosita. Doblan ya los cincuenta años, y llenan la vida lavando ropa en los canales vecinos, hurgando cosas idas en su memoria, visitando su corta parentela y haciendo sus devociones.

No les corren los días. Su casita es pobre, aunque limpia; detrás de ella, hacia el poniente, un jardín con aires de huerta alegra sus ojos cansados; por primavera crecen en él, con profusión, los geranios, las pelargonias, los claveles, las guías de clarines, más allá de la verja de mimbres, baja y ondulada, se cultivan los repollos, el apio, el perejil y el orégano.

-¿Qué rica la cazuela bien aliñada! –dice Rosita cuando, con un gastado cuchillo, pica alguna verdura sobre el suave dorso de una presa de pollo. Toman otro gusto las comidas.

-No hay como ponerles ají –apunta, a su vez, Clara, un tanto , melindrosa y coquetuela –Qué buenos quedan los guisos así, picantitos; se comen con tanto agrado.

Lavan la ropa de algunas familias pudientes del centro de la ciudad. Los sábados por la tarde las ven salir las vecinas con sus inmensos atados, equilibrándolos en sus menudas y gráciles cabezas, camino al centro.

Durante la semana el trabajo es duro y denso, son tantas las piezas de ropa que jabonar, sacudir, “refregar” y extender en los cimbreantes cordeles del patio para que el viento sureño, poco pudoroso, las haga flamear al sol, ejerciendo en ellas con eficacia su acción benéfica y depuradora. ¿Si parece que el arcoíris hubiera dejado por ahí todos sus colores!
-Me duele la espalda de tanto planchar –exclama a veces Rosita, la más joven y pálida. Pero debe seguir con tesón en su labor. Porque sino, faltaría el sustento diario y, con él, aquellas cosas menudas y corrientes que les hacen más llevadera y amable su existencia; faltaría el aguardiente para el café “con malicia” y la mistela; olorosa yerba paraguaya para el mate cotidiano; manteca para las sopaipillas; chancaca para los picarones, y dulce miel de abeja para los desayunos. Porque es así: ellas saben sazonar sus trabajos con estos pequeños encantos caseros.

¿Oh, el grato olor de la azúcar quemada, allá por las tardes, cuando se disponen a hacer sus comidas en los gratos días de primavera! El suave aroma embalsama la rústica pieza y, por unos vidrios rotos, se esparce por el entorno, comunicándole la grata sensación de ambiente hogareño. Adentro, sobre el brasero gorgoritea la tetera, esperando la hora oportuna en que, cayendo sobre la fina yerba, haga las delicias de las dos buenas hermanas en un frecuente y amoroso mate. Y para fusionar con el espumante líquido no faltará la cáscara de naranja ni la hoja de cedrón ni la torreja de limón.

¡Cómo se hace liviana la tarea diaria, condimentada con estos amables embelecos caseros a las lavanderas del barrio norte de Chillán en cualquier época del año!


Obra de Mauricio Rugendas, 30 x 23 cms. "El huaso y la lavandera"

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