viernes, 29 de marzo de 2013

MUSEOS en CHILLÁN....(1)


p. Chillán Antiguo / Máximo Beltrán
Archivo Chillán antiguo
Revista Zig-Zag

Hace unas semanas, por esos viajes y encuentros de energías, de esas que fluyen  y que muchas veces uno cree inocentemente que son fortuitas,  me encontré caminando  por los pasillos de la escuela La Estancia, sus tesoros no eras los alumnos, sus verdadero tesoro  era un “Museo”, si un verdadero museo…!!!!. Gracias a un profesor que a punta de esfuerzo y viajes personales a lo largo de los años fue armando una valiosisima colección de historia natural,  antropológica de nuestro país y de verdaderos objetos anclas de la ciudad de Chillán….un paseo por Chile y Chillán, a través de la mirada de don Andrés Reyes; ….pero no hablare del museo La estancia y de la noble labor que desarrolla este vecino de Chillán, creo que él y su museo se merece un capítulo completo..al igual que don Darío Brunet.
Con las debidas proporciones del tiempo, cuando lean estas líneas y después visiten el Museo La Estancia, comprenderán de que hablo….esto ya es para iniciados.




Pero vayamos al “convite” de ahora, les presento a don Darío Brunet Molina, un vecino de Chillan, que en 1930, tenía en Chillan un verdadero museo; vinculado a los Urrejola, y Molina, familias de comerciantes y agricultores, transformó  su fortuna en viajes y a gozar la vida estéticamente con la finura de un príncipe o un adelantado para la época. Formando un museo que hoy lo quisiéramos en la ciudad de Chillan, a falta de espacios y verdaderas colecciones; quién describe con mayor detalle y con la validez del retrato de época  es el periodista Pedro Sienna de la Revsita Zig.Zag que junto a don Alfonso Lagos Villar, lo visitan en su casa.
Aquí transcribo literalmente el escrito de 1935, publicado en la Revista Zig-Zag, en el contexto del centenario de la ciudad.

UN VERDADERO MUSEO ARTÍSTICO POSEE DON  DARIO BRUNET
p. Pedro Sienna
Revista Zig-Zag 1935

No me parece que exista en el país una colección particular de antigüedades y de obras de arte más valiosas e interesante que la que posee don Darío Brunet en las salas de su casa de Chillán.
La casa misma es ya la demostración de severo buen gusto. Se destaca como una nota sobria e inconfundible en la fila de banales construcciones de esta calle por la que voy en compañía de Alfonso lagos, el joven y talentoso director de “La Discusión”, que me va a poner en contacto con el señor Brunet.








-¿Queda muy lejos todavía? –pregunto a mi acompañante.
-En la otra cuadra; y usted mismo va a dar, estoy seguro.
-Si la morada guarda relación con lo que usted me cuenta de su dueño, no le digo que no…
En efecto, sin titubear, me detengo frente a una casa de estilo español, mezcla de barroco y mozárabe, que aquí se ha bautizado “colonial”. En sus lisas murallas, no hay más detalle decorativo que dos ventanas desiguales con sendas rejas de hierro de un bellísimo forjado.
-Me “tinca” que es aquí –le digo. Y sin más ni más, levanto el pesado aldabón de la claveteada puerta.

Don Darío Brunet no pertenece a esa casta de vulgares coleccionistas, que más por ostentación que fervor auténtico, se dan a almacenar antiguallas y objetos de arte de dudoso “pedigree”. Vive entregado enteramente a su afición, dedicado al estudio y a la rebusca de obras artísticas en el país y en el extranjero, con las que va enriqueciendo su vasta colección, que merece ya el nombre de verdadero museo.

Dueño de una magnífica biblioteca documental, viajero curioso e incansable por todos los museos de Europa, con gusto innato y una sutil comprensión de los valores estéticos que han permanecido inalterables a través de todas las modalidades de diferentes épocas, no es extraño que posea una cultura vastísima que lo hace ser el consultor seguro y obligado en todo lo que atañe a su especialidad. Un “entendido”, vamos, en toda la extensión de la palabra. Conoce de una ojeada el valor y la autenticidad de una pieza de cerámica, de un bordado litúrgico, de un cuadro antiguo, y añade sabrosos comentarios que denotan no sólo al erudito sino al artista que hay latente en él.

Paso a paso, con un recogimiento casi religioso, cruzamos las estancias un poco e penumbras, saturadas de un vago olor a incienso y a cosas viejas y venerandas.








En la casa central que recibe la luz por dos ojivas exornadas con antiquísimos vitrales, admiramos un barbudo apóstol gótico tallado en madera, que proviene de un retablo del templo de San Ildefonso, en granada; una virgen romántica con el Niño policromada; vargueños del s. XVI; candelabros de hierro medioevales; un relicario que perteneció a los famosos Monjes del Monte Athos…Para todo tiene el señor Brunet una frase justa, decisiva, incisiva, que imanta al espectador y lo hace apreciar más intensamente la antigüedad, los detalles o simplemente la belleza de cada obra.

Luego son los anaqueles, de los que don Darío va extrayendo los objetos con esa tierna delicadeza que solo son capaces de poner en sus dedos, los anticuarios y los relojeros, para ofrecerlos a mi consideración. Una estatuilla griega arcaica, llena de gracia primitiva; una cabeza en mármol, de carácter grecorromano, hallada en una excavación en Ostia; azulejos de la Mezquita de Córdoba, que conservan aún la fuerza y la viveza de sus colores, acentuados por ese brillo metálico cuyo secreto fuera patrimonio exclusivo de los ceramistas árabes; estribos de hierro del tiempo de las Cruzadas, que ostentan las abolladuras históricas de quién sabe qué caballerescos encontrones; dagas sarracenas e la época de un califa de enrevesado nombre que allá por el s. X entró en España al frente de un revuelo de blancos alquiceles…

Pero a juicio del mismo señor Brunet, su tesoro más valioso está en la sala de los bordados. Esta sala muestra un techo con artesonados y ménsulas talladas de la época de don Pedro el Cruel, traídos –me explica don Darío- de una casa que derribaron en el Carmen de San Cayetano, en Granada, y que estaba  asentada sobre una suave colina cerca del Darro. Las paredes están cubiertas totalmente de riquísimas telas. Las telas son la especialidad del coleccionista. Aquí admiramos un trozo de tejido copto, comprado en el Gran Bazar de Constantinopla; telas persas y japonesas; hispano moriscas y brocateles españoles de la época de Don Fernando y Doña Isabel; terciopelos y “picados”, que son inapreciables documentos de museo, que se conservan bajo vidrio; brocatos del renacimiento, damascos de los siglos XVI y XVII; diversidad de telas, en fin, bizantinas, góticas, románicas y renacentistas, recamadas y bordadas en hilo de oro y seda, que representan una fortuna.  La fortuna de don Darío Brunet, que en vez de traducirse prácticamente en los aceros vibrantes de una maquinaria industrial, duerme aquí en los oros muertos de los bordados antiguos.




Entre las piezas litúrgicas, se destaca un juego de capa pluvial flamenca, del s. XV y una casulla de las que enviara Carlos V a sus templos de América y que se encuentra registrada en el Archivo de Indias. Nos llaman también la atención, un escudo bordado con las armas del Duque de Alba, otro con las del Rey Don Alfonso XI, el Justiciero, y el palio de la Real Audiencia de Chile.

Aunque la colección de telas no es de carácter americanista, conserva aquí el señor Brunet algunos raros y curiosos tejidos pre-incaicos, en rojo y negro, que según su opinión y la de otros entendidos, tienen unos 8 mil años de antigüedad.

De su galería de cuadros, podemos destacar un san Francisco de sales, escuela veneciana del siglo XV; una virgen quiteña y una bellísima “Dama española”, de Sánchez Coello, pintor valenciano que estudió con Rafael en Roma y que, como se sabe, fue el precursor de Velázquez.

No es menos interesante la colección de autógrafos, donde en el más pintoresco maridaje, nos encontramos reunidos los caligráficos rasgos de los hermanos Quintero, el patriarca de Constantinopla, Sarah Bernhardt, el “Bombita”, Tórtola Valencia, Paul Claudel, la Pavlova y otras celebridades mundiales.

La biblioteca rica en obras de documentación artística, arqueología, viajes, historia, contiene,  además, algunos libros dedicados, que son de un valor muy significativo. Entre ellos valen la pena mencionar las comedias completas de los Álvarez Quintero, mandadas sin interrupción, a medida que se han ido estrenando, y “Mis memorias”, de Sarah Bernhardt, en papel del Japón, que la gran trágica envió al señor Brunet recordando al amigo inolvidable que conociera en París y agradeciéndole, una vez más, el viaje ex profeso que él hiciera después a Buenos Aires para verla en Hamlet y llevarle, desde Chile, un ramo de copihues a su camarín.

Don Darío Brunet dirigió en gran parte el Album de la Provincia de Ñuble que figuró en la Exposición de Sevilla y que el enriqueció con monografías y fotos de rincones típicos. Hoy día presta una importante colaboración en el Comité Literario y Artístico de las fiestas del Centenario: en compañía de la señora Berta Collin de Delepine, tiene a su cargo la exposición del folklore chillanejo.

Después de la visita, don Darío me acompañó hasta el umbral de su portón claveteado. Y al despedirse, con un gesto afectuoso y señorial, inclinando su rostro pálido y sonriente, me parece, con su alto cuello almidonado y ceñido por anacrónico corbatín, que es un caballero escapado de algún daguerrotipo, el que me dice adiós.

EPILOGO…(nota del blog)
Gran parte de estas piezas están en la sala Brunet del Museo del Templo Votivo de Maipú. Las que no destruyó el Terremoto del 39,fueron donadas por don Darío Brunet Molina al Museo del Templo Votivo de Maipú ante la desidia de las autoridades de la época, de fundar un museo aquí en Chillan, que las conservara y exhibiera, según era el deseo de don Darío. En Maipú, se exhiben parte de las colecciones que fueron rescatadas de la catástrofe, en una sala que lleva su nombre.

3 comentarios:

  1. EPILOGO…(nota del blog)
    Gran parte de estas piezas están en la sala Brunet del Museo del Templo Votivo de Maipú. Las que no destruyó el Terremoto del 39,fueron donadas por don Darío Brunet Molina al Museo del Templo Votivo de Maipú ante la desidia de las autoridades de la época, de fundar un museo aquí en Chillan, que las conservara y exhibiera, según era el deseo de don Darío. En Maipú, se exhiben parte de las colecciones que fueron rescatadas de la catástrofe, en una sala que lleva su nombre. Su casa-museo estaba ubicado en 5 de abril, entre Puren y Cocharcas, vereda norte.

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