martes, 20 de agosto de 2013

"O'HIGGINS EN INGLATERRA"

p. Álvaro Arévalo Ferrada
Publicado en La Discusión, el 15 de agosto del 2000.


En 1794, luego de permanecer cuatro años en Lima, Bernardo es enviado por expresa disposición de su padre, Ambrosio O’Higgins, a Europa a proseguir su formación educativa. Su escala temporal fue Cádiz, a la sazón uno de los más importantes puertos comerciales, y eje de entrada al escenario europeo. Aquí, amparado bajo la batuta de don Nicolás de la Cruz, chileno, hombre de aire cosmopolita e intelectual, permaneció un par de meses. Su paso siguiente –el decisivo para su preparación- es Inglaterra. Don Ambrosio, otrora súbdito británico, ambicionaba para su vástago la formación académica de un típico “gentleman” inglés.




En la “rubia Albión”, su apoderado, don Nicolás, logró ponerlo bajo el amparo de dos astutos relojeros judíos: Spencer y Perkins, quienes tutelarían el dinero enviado por el ahora Virrey del Perú, don Ambrosio (1796).

Richmond, el pueblecito a 16 kilómetros de Londres, se le ofrece pletórico y alegre: la Academia, donde comienza su formación a lo “British”; los parques, sus correrías campestres; el jardín botánico (kew gardens), sus amistades…en fin.

Instalado en la posada de Mister Eels, convive con jóvenes de otras nacionalidades que han llegado a la Academia. Uno de sus amigos por estos años fue Sir David Andrews, junior. El furor del amor comienza a causar los primeros estragos en el corazón de Bernardo; lo ha encontrado en el mismo sitio donde se hospeda: la señorita Carlota Eels, la hija del posadero, será el motor sentimental para el joven veinteañero. Años más tarde, el recuerdo del amor aún perduraba en Carlota, quien nunca se casó, aunque los pretendientes no le faltaron.

Su preparación en Richmond comienza a dar sus frutos: domina el inglés, el francés, la música, la pintura, la esgrima y el arte de las armas, y otras materias que, lentamente, comienzan a moldear su recio carácter y personalidad. Luego del estudio constante, no hay nada mejor que las vacaciones en el balneario de Margate, junto a los amigos, Carlota y los sueños juveniles. De su padre, el mutismo es la tónica: constantemente le envía misivas comentándole sus avances y dificultades, pero nada de nada.

Su progenitor había destinado anualmente la cantidad de 1.500 pesos para su estada en suelo británico. Sin embargo, el poco control brindado por su apoderado don Nicolás quien, al parecer, estimaba más conveniente recorrer Europa que supervisar a los relojeros, especialmente Perkins, le originan a Bernardo grandes penurias y desvelos económicos. Por todo aquello, se traslada a la casa de Bernabé Murphy, en Londres, quien lo apoya por un cierto tiempo. Luego, “un señor Morini, capellán de la legación de Nápoles, vino entonces en auxilio del joven y le acogió en su casa, el número 38 en York Street”.

El 3 de enero de 1798, se traslada a Londres, a una casa en Great Pultney Street, el profesor de matemáticas, Francisco de Miranda.

Uno de los hechos fundamentales que marcarán enormemente el devenir de Bernardo, es su amistad que forjó con el general venezolano, impulsor acérrimo de la causa independentista americana. Miranda, hombre de mundo, se trató de igual a igual con George Washington, con Napoleón; recorrió Europa, Rusia; luchó por los ejércitos de Carlos III de España, combatió en Cuba, etc.

La influencia, casi paternal y mística para con Bernardo, fue total: “le enseñó a amar la libertad y a vivir para ella y para su patria”. El alfa y omega de mis consejos es: “ame a su patria”, le repetía una y otra vez.

Miranda, avizorando en Bernardo sus dotes de líder, lo introduce en el mundo social y político, inglés y europeo: conoce al duque de Portland, ministros, emisarios, y una amplia gama de líderes americanos en pos de un ideal común: la separación del yugo español.

El destino ya estaba resuelto: Diego Duff, un conocido, le ofrece un puesto administrativo para paliar su siempre paupérrima situación financiera, pero no lo acepta; llega dinero enviado por don Nicolás de la Cruz, desde Cádiz.

El 25 de abril de 1799, el duque de Portland autoriza la salida de “Mister Bernard Riquelme”, quien se embarca en el puerto de Falmouth, donde permanece tres semanas en Lisboa antes de seguir rumbo a Cádiz.

De su permanencia en Inglaterra, O’Higgins logró empaparse del sistema democrático y los principios políticos que rigen al pueblo inglés; de las instituciones, férreamente establecidas, donde reina la verdadera libertad nacional. “En su estructura política se encuentran las virtudes de todas las especies de gobierno sin sus vicios”. Finalmente, su complicidad con “el Precursor”, le dio rienda suelta a su espíritu libertario para Chile.


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