viernes, 13 de noviembre de 2015

CARLOS DORLHIAC

p. equipo Revista Eñe
Marcia Castellano
Máximo Beltrán
La realidad en tinta china

Parte de lo que fue Chillán a principios del siglo XX lo conocemos hoy gracias a la lente de Carlos Dorlhiac. Innumerables escenas cotidianas, retratos de niños, ancianos con laberintos de arrugas en el rostro y campesinos en sus faenas, son los protagonistas del trabajo fotográfico de este dibujante francés avecindado en Chile, cuyo paso por nuestra ciudad dejó, sin proponérselo, un registro de gran valor documental.


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Hacinados en conventillos y cités, la mayoría sin agua potable; contagiados de cólera, tuberculosis y desnutrición; afectados por la delincuencia y la prostitución. Sin duda, el panorama social de fines del siglo XIX y principios del XX no era muy similar a la “Copia feliz del Edén”, que en la quinta estrofa del Himno Nacional exaltaba Eusebio Lillo en 1909.

Justamente a ese periodo sin un futuro esplendor en el cual soñar corresponde el trabajo de Carlos Dorlhiac (1880-1973), quien captó en cientos de clics al Chile ausente y marginado de las fiestas del Centenario. No se considerada fotógrafo profesional sino aficionado; tampoco abanderado de la causa social. Sin embargo, con sensibilidad y técnica logró transmitir el desamparo y la marginalidad.La realidad que presenta, sin ser ese su propósito artístico, contrasta con las fotografías de la época que en su mayoría retrataban las grandes edificaciones y la opulencia de las élites.


De Burdeos a Talcahuano.

Carlos Dorlhiac Sabourin se crió entre vendimias y cosechas, rodeado de la gente sencilla del campo chileno. Nacido en Burdeos, Francia, el 30 de julio de 1880, emigró a Chile a los 8 años junto a su madre María Luisa y su padre Henri, enólogo y viticultor.

Talcahuano, San Nicolás, San Carlos, Limache (Quinta Región) y Tomé formaron parte de la ruta emprendida por los Dorlhiac Sabourin en Chile, que tras un largo periplo hizo escala en Chillán por un periodo de casi dos décadas, entre 1905 y 1923. Desde niño mostró su interés por la pintura, motivado por las primeras lecciones que recibió de su abuelo. A los 26 años Carlosvolvió a empacar, ahora rumbo a Santiago para recibir instrucción formal en arte, pero apenas alcanzó a estar un año en la capital ya que a fines de 1907 la muerte de su padre aceleró su regreso a Chillán.

Como hijo mayor le correspondió hacerse cargo de los asuntos familiares, hasta 1912 cuando recién tuvo todo en orden para retomar los lápices y pinceles. “Para un artista de las primeras décadas del siglo XX fijar su taller en Chillán y no mudarse a Santiago parece una decisión curiosa. Sin embargo, afincado en casa propia, en un ambiente de vida apacible, rodeado de gente buena donde todos se conocían y se acogían, y la abundancia de motivos y temas para el tipo de trabajo que tenía en mente y que le ofrecía esa ciudad y su entorno campesino, le parecía suficiente estímulo para no cambiar”, escribe Juan Carlos Valle, sobrino nieto de Carlos Dorlhiac, autor del libro La lente y la pluma (Editorial Hilo Azul, 2010), un voluminoso trabajo de investigación, acompañado de decenas de fotografías, bocetos y dibujos a tinta realizado por el prolífico artista.










La fotografía: su obra paralela.

Aunque varios cientos de kilómetros lo distanciaban de la capital, mantenía contacto permanente con los círculos artísticos y procuraba participar en exposiciones colectivas e individuales. Sus trabajos a lápiz y pluma con tinta china recibieron elogios y premios en el Salón Oficial de Santiago (Medalla de Plata, en 1915, y Medalla de Oro, en 1916), además de otras distinciones que pusieron su nombre en el repertorio de los críticos de arte, que en su mayoría alababan su técnica y destreza. El paisaje de Chillán, sus calles, casas de adobe, así como en otras localidades aledañas, tomaban forma de composiciones en claroscuro plenas del espíritu del campo chileno que rodeó a Dorlhiac desde su infancia.

Sin embargo, la figura humana la incorporó recién en la década del 20, y es entonces cuando adopta la fotografía como una herramienta para alcanzar nuevos horizontes en su trabajo de dibujante. Correspondencias de la época, consignadas en el libro de Valle, mencionan la compra de una cámara Minex modelo A 5x4 y una lente Berthiot Eurygraphe 13 x 18, entre otros accesorios.

Habituado a dibujar paisajes, el mayor temor de Dorlhiac era la pose forzada. Para evitar que la presencia de la enorme cámara modificara la naturalidad de un momento, instalaba sus equipos y se armaba de paciencia a esperar que el elemento tecnológico dejara de incomodar al fotografiado. Cuando la fluidez le ganaba a la rigidez, podía captar la esencia de los sujetos. “Los tipos populares los encuentro en todas partes, en las ferias y calles, en la vega. La mayor dificultad está en saber tratarlos. La cuestión es que no me consideren un futre de miéchica que solo quiere reírse de los pobres. Una vez ganada su buena voluntad inicial, el segundo problema es conseguir que al menos por un instante se dejen captar sin forzar una pose, sino como en verdad son, con todo su carácter y expresión de vida. Me interesa la actitud, el movimiento, la postura, y si consigo esta verdad genuina entonces tengo un punto de partida”, decía el artista.

El resultado de estas tomas le sirvió para trabajar a solas en su estudio, pero nunca las consideró como piezas de arte. Para él las imágenes obtenidas no eran el producto final sino un producto intermedio que utilizaba para llegar a la elaboración de sus dibujos, su obra definitiva. La fotografía cumplía un rol práctico como apoyo para la retina, que le permitía guardar en el tiempo los detalles que el ojo no ve y que la memoria olvida.

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