jueves, 6 de noviembre de 2014

CARLOS RENÉ IBACACHE Profesor en profundidad

Su figura es un emblema y así lo reconoció la Municipalidad de Chillán, al otorgar a don Carlos René Ibacache el galardón “Vecino destacado” durante las actividades de aniversario de la ciudad. Miembro de la Academia Chilena de la Lengua desde 2002, autor de varias publicaciones como ensayos, críticas y crónicas, escritor de columnas y cartas para la prensa local, además de presidente ad eternum del Grupo Literario Ñuble y editor de la revista “Cauce cultural”… don Carlos pareciera gozar de varias vidas en una.
p. Úrsula Villavicencio
Revista Chillán Antiguo & Vitrina Urbana





Con sus pasos cortos y su caballerosidad a la antigua, nos conduce a lo que parece ser el corazón de su mundo: su abigarrada y nutridísima biblioteca. Con dificultad despeja el sillón repleto de libros y papeles. No recuerda todo lo que tiene en su biblioteca, pero sabe con precisión dónde tiene lo que sí recuerda. Las paredes están repletas de reconocimientos de las más diversas instituciones y algunas fotos de familia y de sí mismo en otras épocas. Su memoria y lucidez son impresionantes: tiene muy bien archivadas sus investigaciones y sus recuerdos.

Chillanense por crianza, pues nació el 24 de septiembre de 1924 en Valparaíso. Prefiere el gentilicio “chillanense, pues asegura que este sería el correcto los habitantes de esta ciudad”, y no chillanejos, como tradicionalmente se les ha llamado, batalla lingüística de larga data. Emigró desde el puerto al campo cuando contaba apenas con tres años de vida, cuando su familia vino a instalarse en unos campos en la zona de El Rosal, cerca de Pinto. Tuvo solo tres hermanos en un tiempo en que las familias acostumbraban a tener no menos de siete hijos. Cuando llegó la hora de enviar a la escuela a los hijos, la familia se instaló en Chillán y a los siete años ingresó a la Escuela El Tejar, construida en los tiempos del presidente Balmaceda.
TERREMOTOS VITALES
Su relato da cuenta de una vida marcada por dos terremotos: el de 1939 y la muerte de su padre en 1944. Quizá por eso el mejor tiempo que recuerda es anterior a esas fechas, cuando vivía en la calle Barros Arana y asistía a la Escuela Nº 6, entre 1933 y 1938, donde arrendaba su bicicleta por 10 pesos en los recreos… “Cuando uno era niño, miraba las cosas de una forma distinta”.

Cuando ocurrió el terremoto tenía 12 años. Solo una persona murió en su familia, aunque también él estuvo a punto de perder la vida: se salvó milagrosamente por haber despertado justo antes de que se derribara una pared sobre su cama. Nos responde, con toda seguridad, que el peor momento de la historia de esta ciudad fue ese: “Yo viví la etapa en que esta ciudad estaba en el suelo. Es algo que nunca se me borró de la memoria”. Con la ciudad y su escuela en el suelo, debió continuar sus estudios en el único colegio que quedó en pie, el Seminario Padre Hurtado, donde terminó su sexto año de Humanidades.

Ese mismo año falleció su padre y la realidad económica de su familia lo hizo optar por una profesión en la que pudiera trabajar prontamente. Así decidió entrar a la Escuela Normal de Victoria. En todo caso, aclara, fue profesor por vocación más que por necesidad, puesto que recuerda muy bien que en 1948 su sueldo era de 2000 pesos, que entonces ya era poco. “Los sueldos de los maestros siempre fueron pequeñitos”, y agrega: “A la Normal entraban aquellos que tenían las mejores notas, no como ahora, que entran a estudiar para profesores los que no les dio la nota para otra carrera. Además allí te formaban la vocación”.

Luego pasó a trabajar como profesor en la Escuela Anexa, la preparatoria de la Escuela Normal de Valdivia, ya que no quiso irse al campo, pues entonces, el trabajo de los profesores normalistas solía ser mayoritariamente en las escuelas rurales. Posteriormente, estudió para profesor de Castellano en la Universidad Austral. Egresó en 1966 y recuerda que presentó el examen de título en el Pedagógico de Santiago. Nicanor Parra era quien tomaba esos exámenes y él ya lo conocía porque solía tomar algunos exámenes en Valdivia, donde aprovechaba para dar clases de cueca.

En Valdivia ejerció la docencia durante 26 años, sobrevivió al terremoto de 1960, el más grande que se haya registrado. También vivió allí el mayor cataclismo político, el del 11 de septiembre de 1973.

Y DE GOLPE, DE VUELTA EN CHILLÁN
Para tiempos del golpe de Estado, se encontraba a cargo de las actividades de extensión de la Universidad Técnica de Valdivia y tenía una buena relación con los militares que ocupaban un espacio vecino a su lugar de trabajo. Sin embargo, un día poco acertado, escribió una carta al general Héctor Bravo Muñoz, a quien consideraba su amigo, denunciando los allanamientos que los funcionarios habían sufrido en su espacio de trabajo: justo en los días previos al golpe, en el Centro de Extensión había instalada una exposición sobre la Unión Soviética, y los militares entraron a romper todas las obras. El hecho quedó registrado en Añoranzas de medio siglo (1996). El caso es que el general Bravo no consideró a don Carlos como su amigo, por lo cual terminó durante tres meses recluido por ofensas públicas a las Fuerzas Armadas.

Estaba claro que en Valdivia no volvería a encontrar trabajo, de modo que regresó a Chillán. Primero llegó a la sede Ñuble de la Universidad de Chile, y luego, cuando cerró, su amigo Enrique Salinas lo invitó a trabajar en el recién abierto Colegio Concepción, donde trabajó desde 1980 y jubiló allí pero siguió realizando talleres con los jóvenes hasta 2008.

Don Carlos también trabajó incansablemente durante muchos años a la cabeza del Grupo Literario Ñuble, tiempos en que logró posicionar el nombre de esta agrupación. Muchos literatos de Chillán recuerdan que durante los años de toque de queda su casa fue un refugio para las reuniones intelectuales y literarias.


Carlos Ibacache y su esposa Albina Gleisner






CINCO AÑOS DE AMORES POR ESCRITO
Nunca imaginó el joven profesor Ibacache, que aquel día en que tomó el tren a Chillán para visitar a su familia conocería en él a la mujer de su vida, y menos aún, que estaría 61 años unido a ella. Su viudez es reciente y refleja aún el dolor de su duelo al señalarnos que lleva los dos anillos. Su señora, Albina Gleisner, falleció el 14 de mayo de este año. Relata que en el trayecto entre Valdivia y Chillán, conversó amenamente con una bella colega, profesora normalista, que seguía su camino hacia Petorca. Fue lo suficientemente precavido como para preguntarle su nombre y su dirección.

Así comenzó un romance por carta, que duró cinco años, en formato de esquela perfumada. Ella tenía un padre un tanto difícil, así que al final contrajeron matrimonio después de la muerte de su padre, el 18 de julio de 1953, cuando ambos tenían 30 años.









Conservó cada una de las cartas de Albina y fueron tantas, que gracias a la idea de un encuadernador amigo, empastó cinco libros con sus cartas y con el retrato de ella en la primera página para entregarlo como obsequio a la joven del tren, como prueba de su gran amor. Entonces ella le pidió que hiciera lo mismo con las cartas de él, que ella tenía guardadas una a una como un tesoro. Así es como también salieron otros cinco libros, con el retrato de él en la primera página.

Vivieron en Valdivia hasta que la historia los trajo a Chillán. “A ella le gustaba trabajar como profesora”, recuerda. La vida pasó. Tuvieron tres niñas y un niño, y luego, siete nietos. ¿Qué cómo se puede durar 61 años casado? Según él la respuesta es sencilla: “Tolerancia. Saber comprenderse, aceptarse y perdonarse”.

Usted que fue educador toda la vida, ¿cómo piensa que nos ha afectado el modelo de educación para competir?
La competencia nos hace daño, cuando la competencia es a muerte. Cuando vemos los desmanes de los estudiantes en una protesta es porque la gente necesita desquitarse con el sistema. El profesor tiene que tener siempre presente que está formando seres humanos. Se ha olvidado del diálogo.

¿Qué opina usted de la actual propuesta de Reforma Educacional?
Los profesores deben ser consultados en este proceso. Es algo fuerte, quitarle la educación a las municipalidades.

Si se dirigiera a las autoridades de la ciudad, ¿qué les pediría para Chillán?
Que se trate de mejor manera la situación de los adultos mayores. Que arreglen las calles. Que busquen una solución para el problema de los perros.

Don Carlos, ¿Cómo han cambiado los chillanejos o chillanenses en todos estos años?
Parece que los terremotos y tantas desgracias que han ocurrido han hecho que los chillanenses se vuelvan más amables y solidarios. Hemos ganado con los terremotos: la gente se ha puesto menos egoísta. Eso es lo que yo percibo. Lo que opina la gente que viene de afuera, el turista, es que en Chillán prevalece la amabilidad, aunque no se nota mucho en la juventud. Las prácticas de amabilidad les fallan a los muchachos.

Hoy, a sus noventa años, su inconfundible figura sigue vigente, circulando por las calle de la ciudad a la que vio sobreponerse, al igual que él, a los terremotos y a la historia. “Chillán es una ciudad buena para vivir y para morir”, concluye.

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