jueves, 6 de noviembre de 2014

INMIGRANTES ESPAÑOLES EN CHILLÁN, Una historia que no se escribió con pluma de oro

En Chillán de principios del 1900, los inmigrantes provenientes de una España empobrecida encontraron tierra fértil donde establecer sus sueños de prosperidad. A cien años de la fundación del Centro Español, algunos de sus miembros relatan cómo se configuró una comunidad pujante que, si bien pudo ser herida de muerte durante la Guerra Civil Española, supo sobrevivir en fraternidad hasta el día de hoy.
p. Marcia Castellano
Revista Chillán Antiguo & Vitrina Urbana 

Colaboran srs Gerardo Martínez, Gonzalo Luengo, Marco Aurelio Reyes, Francisco Albarracin.

                                   

Muchas veces tentado por la tecnología de la computación y los emails, pero nunca seducido, a sus 81 años don Gerardo Martínez prefiere escribir con su puño y letra las veinte cartas que cada mes envía a sus amistades y familiares, principalmente dirigidas a España, con quienes mantiene una estrecha relación a pesar de la oceánica barrera que hace más de sesenta años los distancia. “Antes las cartas demoraban quince días, ahora llegan en un mes”, reprocha, mientras despliega una hoja de papel meticulosamente doblada, donde están escritos a mano los nombre y direcciones de los destinatarios y un registro de cada correspondencia enviada.

Escribir cartas a mano es una forma para evitar cruzar el umbral hacia el presente, porque el Chillán que don Gerardo conoció era más humano y menos agitado que el de hoy. “Es aberrante que la gente ya no hable ni con el vecino. No es que antes tuviéramos menos cosas que hacer, pero después del trabajo se salía a compartir y no a encerrarse para estar frente a la tele, al computador o con el teléfono, como ahora”, comenta con cierta nostalgia. 

Con un andar más pausado, pero lleno de la misma energía que prodigaba a fines de 1950 cuando llegó desde el pueblo Quintanilla Escalada, don Gerardo recorre su casa buscando recuerdos que compartir. Un armario con cajas de fotografías y quince álbumes de los grandes ubicados en una repisa del living, son parte de su más preciado patrimonio. “Esta señora en Julia Escobar de Hojas, española, al lado está Eloy Serrano, que instaló la fábrica de chorizos Serrano en Avenida Collín, y este es mi abuelo Florentino Martínez, que viajó conmigo en el barco de España a Chile”, señala, mientras sigue hojeando lentamente el álbum de páginas color café y separadores de papel mantequilla, hoy amarillentos. “Tengo un álbum que me hizo Darío Brunet y fotos desarrolladas por Angelino Gebauer. En esos tiempos las fotos en blanco y negro las desarrollaban en la misma semana, pero las que eran en colores demoraban dos meses porque las mandaban a desarrollar a Panamá”, recuerda.

Sin titubear en fechas y nombres, don Gerardo continúa describiendo sus bien conservadas fotografías. Entre ellas hay una muy singular, también en blanco y negro, donde aparecen seis sonrientes jóvenes de terno y corbata, peinados a la gomina, prácticamente sumergidos entre decenas de vestidos de niña. “Este soy yo, ahí está Emilio Muriente, Juan Vallejo, Fidel Maceda, Samuel y Félix Hojas. Esta foto fue tomada el 3 de octubre de 1953 para la inauguración de la Casa del Niño, donde hoy está la zapatería Pasos”, precisa. Cómo no recordarlo si allí obtuvo su primer empleo y así comenzó la nueva vida de este extranjero que nunca sintió el desarraigo en Chillán. “Mis tíos, dueños de la Casa Hojas, me trajeron con contrato laboral para trabajar en La Casa del Niño. Me embarqué en Santander el 8 de octubre de 1950, nunca se me olvida porque ese día cumplí los 17 años”.

COMENZAR DESDE CERO
La llegada de don Gerardo Martínez es muy posterior a la ola migratoria. Según explica el estudioso de la Genealogía, Gonzalo Luengo, terminando el siglo XIX España se vio envuelta en una crisis económica a la cual se suma la plaga filoxera que afectó las viñas del sur del territorio; pero principalmente el escenario de fines del 1800 marcó el ocaso de la España grande al perder sus últimas colonias (como Cuba y Filipinas). De esa España venida a menos, muchos salieron a buscar lejos una mejor vida, mientras que otros huyeron de servir en la milicia ad portas de un escenario bélico en el viejo continente.

“El típico inmigrante llegado a Chile, por aquel entonces, es gente de localidades rurales de escasa población, empobrecidas o de regiones norteñas como Castilla y Asturias”, explica Luengo. Sin embargo, el país que los recibió no ofrecía demasiado: “Estos inmigrantes llegan a un Chile analfabeto, con mayoría de población rural”. En ese escenario, el 6 de junio de 1897 surgió la Sociedad Española de Beneficencia, primera entidad que los agrupó y que hoy se ocupa más que nada del panteón en el Cementerio Municipal. Posteriormente la Sociedad de Beneficencia y el Hogar Español fueron albergados por el Centro Español de Chillán, fundado el 24 de mayo de 1914.

Estrechados por el mismo abrazo de la madre patria lejana, los inmigrantes españoles establecidos en Chillán se sintieron parte de una comunidad y lentamente se fue consolidando una identidad común. “Tal como es el caso de los palestinos y sirios, los españoles buscan apoyo mutuo, se socorren porque se identifican entre ellos y crean instancias de reunión y convivencia para fortalecer sus lazos”, sostiene Gonzalo Luengo.

Dispuestos a salir adelante con trabajo y buen olfato comercial, los ibéricos conformaron en Chillán una comunidad pujante. “Los españoles que llegaron lo hicieron con gran sacrificio, incluso mucho vivían en sus negocios. Vinieron a hacerse la América, pero trabajando y ahorrando”, recalca el presidente del Centro Español, Tomás Sanhueza. Ejemplos de esta prosperidad hay muchos: Jorge Olalde Goitía, llegado en 1906, dueño de la Sombrerería Chillán; la Casa Hojas, de la familia homónima; Eloy Serrano y sus cecinas; José Tohá con su producción de cervezas y hielo; Fabián Blásquez y los Grandes Almacenes Mundiales; las ferreterías de los Madrid y los Cordero, entre tantas otras familias que dinamizaron la actividad comercial de Chillán a principios del 1900. “En general el comercio operado por ciudadanos españoles tuvo proyección regional por sus dimensiones”, asevera el decano de la Facultad de Humanidades de la UBB, Marco Aurelio Reyes Coca, al tiempo que agrega que el establecimiento del Banco Español de Chile (1905-1926) “fue el soporte que permitió a las familias de comerciantes proyectar sus empresas”.



El panteón español en el Cementerio Municipal 
antes del terremoto de 1939 (fotografía rescatada por Marta Órdenes de Viñuela).

Las penurias vividas por los primeros inmigrantes fueron enterradas con hormigón y sobre ellas se levantó una sólida estructura, donde todos los que estuvieran dispuestos a trabajar cabían dentro. El relato de don Gerardo Martínez confirma que la bonanza ibérica fue posible gracias a los vínculos de confianza que se establecieron: “Como en España había muchas familias numerosas y la agricultura no era moderna, costaba producir y vivir de la agricultura, faltaba trabajo. Los españoles viajaban desde Chile a reclutar españoles porque preferían traer a sus parientes y a los más dotados les abrían sucursales para así ampliar sus negocios”.

DOS BANDOS DIVIDIDOS
Francisco Albarracín Clemente figura en el número veinticinco de los dos mil refugiados que Pablo Neruda consignó en la nómina de pasajeros del Winnipeg, publicada por Jaime Ferrer Mir en su libro Los españoles del Winnipeg. El barco de la esperanza (Ediciones Cal Soga, 1989). Originario de Murcia, arribó a Chile el 3 de septiembre de 1939 huyendo de la dictadura de Francisco Franco, líder del bando sublevado o bando nacional vencedor de la Guerra Civil Española (1936 -1939). “Mi padre estuvo herido en la retirada en un sanatorio de Barcelona y ahí conoció a mi mamá que trabajaba como voluntaria. Tengo dos tíos fusilados después de la guerra y otro tío vivió mucho tiempo escondido. Cuando yo crecí me lo contó mi papá, que también pasó por los campos de concentración”, relata su hijo Francisco Albarracín, médico del IRUS de Chillán, miembro de la Agrupación Winnipeg de Santiago.




1937: El Centro Español reunido con un cuadro de Francisco Franco 
presidiendo el encuentro (fotografía rescatada por Marta Órdenes de Viñuela).

El drama de la guerra también dejó cicatrices en la comunidad de inmigrantes residentes en Chillán. Aunque distantes geográficamente del conflicto, era imposible no tomar partido. La escisión al interior del Centro Español fue la consecuencia lógica: por un lado estaban los adherentes al bando sublevado compuesto por la Falange Española, los monárquicos, entre otros de tendencia anticomunista, conservadora y católica; por el lado opuesto, los republicanos que defendían la Segunda República instaurada democráticamente, idea apoyada por un abanico de facciones (socialistas, comunistas, etc.) aunque cada uno con aspiraciones propias.

El psicólogo Félix Martínez, profesor de la Escuela de Psicología de la UBB, es hijo de Félix Martínez Hojas, uno de los pocos españoles residentes en Chillán que se unió a la segunda cofradía ibérica, el Centro Republicano Español, formado en 1936 y vigente hasta 1939. “La Guerra Civil produjo muchas tensiones entre los españoles, acá también en Chillán. Había dos bandos: los franquistas y hay fotos en que aparecen saludando a la usanza, pero también hubo uno republicano donde José Tohá Soldavilla era su representante. Ahí también participaban Julián Alcalde y Félix Martínez Hojas”, detalla.

Terminada la guerra ambas facciones buscaron reconciliarse, no sin antes dar por aprendida una lección que hasta hoy se respeta: ni política ni religión. “Nos hemos cuidado de no vincular al Centro Español a actividades de campaña ni se habla de religión acá”, aclara su presidente Tomás Sanhueza. A juicio del decano Reyes Coca, “es una buena tradición que demuestra la cualidad de los españoles de ser fraternos entre hermanos”.

CIEN AÑOS DE HISTORIA

En una reunión que congregó a más de trescientas personas, el pasado 24 de mayo se conmemoró el centenario del Centro Español. Sentidos discursos y fotografías de antaño transportaron a los asistentes hacia un glorioso pasado construido con tesón. Bien documentado, Gonzalo Luengo detalla que el primer directorio estuvo formado por Victoriano Hoyos (presidente), Mariano Velilla (vice presidente), Tomás López (secretario), Juan Uriarte (pro secretario), Ángel Araneta (tesorero), Apolinar Sánchez (pro tesorero), Ángel Gómez (bibliotecario) y, como vocales, Carlos Villamil, Enrique Tohá, Arsenio Cordero y Fermín Vázquez. “Las juntas se realizan en el Club Comercial, hasta que en julio de 1914 arriendan la casa de Minervina Donoso, viuda de Polidoro Ojeda, pariente de los Arrau, ubicada en calle Arauco, tal vez una cuadra al sur de la plaza, donde estarían hasta 1921, año en que bajo la presidencia de don José Madrid Eraña adquieren la propiedad de Libertad 579, de la familia Lantaño-Solar, frente a la plaza, con el aporte de Tomás López y la garantía del directorio para pagar”, precisa Luengo.



Miembros de los primeros directorios, no identificados 
(fotografía rescatada por Marta Órdenes de Viñuela).

Pese a la alta convocatoria del evento, en otros tiempos el número de asistentes a un acto de tanta relevancia habría sido muy superior, pero cada vez son menos los miembros del Centro Español. “Todavía la gente cree que es de puros españoles, pero está abierto a todos”, aclara Tomás Sanhueza. De aquellos años prósperos, don Gerardo Martínez recuerda que se contaba en los registros a unos 120 socios, pero actualmente solo hay 30 miembros. “Esta era como la segunda casa: uno venía acá a tomar cerveza, jugar cacho, era como una obligación diaria. Era un lugar de reunión donde se hacían fiestas, despedidas y bienvenidas todo el tiempo, cuando en Chillán solo existía el salón Olimpia, el Club Ñuble y Centro Español, pero ahora hay montones de lugares más y la gente no tiene tanto la necesidad de venir aquí. Hoy nos une únicamente la tradición de mantener vivo esto”, comenta con añoranza.

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