lunes, 28 de julio de 2014

Joaquín Isla: el último de los talabarteros

Un oficio en vías de extinción

La saga de los talabarteros de apellido Isla, tiene en su haber  las monturas  y aperos de modelo exclusivo más conocidas en el país. Pablo Neruda tuvo una montura hecha por el abuelo; al padre le encargaron una montura para la reina Isabel II en su visita a Chile, mientras que el último de los talabarteros Isla contó entre sus más distinguidos clientes al animador  Felipe Camiroaga. La Unidad de Patrimonio de la Municipalidad de Chillán lo está postulando como “Patrimonio cultural viviente”.  Sin duda ya lo es.
p.Ursula Villavicencio




Un profundo olor a buen cuero trasmina el local de la talabartería ubicada en un rinconcito de la calle Isabel Riquelme, llegando a Collín. Como alguna vez le dijera el propio Felipe Camiroaga, “usted sí que es famoso, porque las monturas Isla trascenderán en el  tiempo, en cambio yo solo soy conocido porque  rostros de televisión van y vienen”, relata emocionado Joaquín Isla cuando recuerda al fallecido animador, a quien le fabricó las monturas y todos los aperos de montar durante 18 años.

Cuenta que comenzó atendiendo al padre del animador y siguió con Felipe. Hasta el día de hoy atesora los últimos encargos que no le alcanzó a entregar antes de aquel 2 de septiembre de 2011, día en que por primera vez no le respondió el teléfono. Entonces confirmó su sospecha: Felipe iba en el avión desaparecido.

Joaquín Isla es el último del clan que continúa trabajando el cuero; le colabora su hermana Agnes, la única talabartera mujer que conoce en Chillán. A sus 54 años dice tener trabajo de sobra hasta el día en que se muera, aunque sabe que después nadie de los Isla continuará con este oficio.









La montura de Chabelita
Las actuales monturas Isla son un diseño exclusivo creación de su padre, también llamado Joaquín, y sus tíos a principios de los años 60, quienes reformularon la montura tradicional por una más liviana y adaptada a las necesidades del huaso chileno: la famosa montura Isla, autorizada por la Federación Chilena de Rodeo y denominada como “montura chilena”.
De este sello talabartero han salido aperos y monturas para hacendados y turistas de Argentina, Perú, Brasil, Estados Unidos, Canadá, España e Inglaterra. Presidentes y todo tipo de personalidades han encargado durante años sus aperos de montar a la talabartería Isla.
Su abuelo hizo la montura de Pablo Neruda cuando el poeta vivía en Temuco, y a su padre el Gobierno le encargó la montura que se le regaló a la reina Isabel II en su visita a Osorno, en aquella visita de 1968 recordada por el insolente titular en un diario de la época: “La Chabelita mostró el trutro”, cuando montó el caballo con su “real” montura. 

Joaquín hijo, guarda reserva sobre sus más ilustres clientes, pero Felipe Camiroaga nunca pasó inadvertido. Lo consideraba su amigo y confirma que la fama de generoso de la que gozaba el animador, no era para nada gratuita.  Otro cliente que recuerda con simpatía es el fallecido cantante Gervasio.

El terremoto de 1939 los trajo a Chillán
Amador Isla, oriundo de Los Ángeles, obligado por la muerte de su padre y la ruina económica de su familia, se inició en el oficio de la talabartería siendo un niño de 13 años; a los 18 años era talabartero mayor y a los 21 se independizó con su propio negocio. Ya les había enseñado el oficio a sus hermanos y había formado su propia familia cuando el terremoto de 1939 dejó en el suelo su talabartería.Partió rumbo a Temuco, trasladado por el programa de emergencia del Gobierno, donde comenzó desde cero. Como una herramienta que siempre podría darles bienestar, enseñó a todos sus hijos los detalles del oficio.

Entre los hijos de Amador, estaba Joaquín Isla (padre), quien ya había tomado las riendas del negocio en 1950 cuando la familia decidió trasladarse a Chillán.  Así fue como la familia Isla terminó instalada en Chillán, por cortesía del terremoto de 1939. Su primer local estuvo en Libertad con Lumaco.

A un golpe de Estado de distancia
Recuerda con precisión que fue el 20 de agosto de 1973, el día en que ganó el Primer lugar de un concurso de dibujo organizado por la Gobernación. Su premio fue muy curioso para un niño de 13 años, pero muy valioso en los tiempos que corrían: 5 kilos de azúcar Iansa en pancitos y un lápiz Parker.

Él y sus hermanos ganaban dinero haciendo filas para comprar productos en la época de la escasez en pleno gobierno de Allende. En lugar de jugar se la pasaban haciendo colas “Nadie ha reparado en el tiempo que perdíamos los niños haciendo colas en ese tiempo”, recuerda.
Joaquín estudiaba dibujo técnico en la Escuela Industrial y tenía una promisoria carrera, pues ya le habían ofrecido una beca para cursar sus estudios superiores. Pero todas esas ofertas  de  becas se esfumaron con los cambios ocurridos tras el golpe de Estado de 1973. Así fue como llegada la hora de entrar en la universidad, no tuvo cómo entrar. Con su habilidad manual, poco y nada le costó aprender el oficio de su padre.
Sobran clientes, faltan manos

Los Isla lograron sortear la crisis del año 1982, de modo que el negocio prosperó. El tiempo pasó, sus hijos crecieron y no se interesaron en la talabartería, sus hermanos se han ido retirando uno a uno y hoy, asevera, tiene clientes hasta que se muera: “Sobran clientes, faltan manos”.

Ahora cuenta con la colaboración de su hermana Agnes, única mujer talabartera que se conoce en Chillán. “Mucha gente quiere que le enseñe”, cuenta, pero  para formar una generación de  relevo y  que la talabartería no se extinga se precisaría formar una escuela especial, propone. La formación requiere no menos de cuatro años y que los aprendices sean seleccionados por sus habilidades manuales: “Tiene que ser gente que comience el conocimiento de cero y que tenga verdaderas ganas de aprender”.

Según él, sus clientes son exclusivos y no han cambiado con los años. Se precia de que su trabajo no tiene competencia en calidad, pero le sorprende que haya clientes que se conformen con la baja calidad de las monturas y los aperos baratos que se producen, con menos meticulosidad y materiales de menor calidad, en la zona talabartera de Parral.




¿Qué es lo más extraño que le han encargado en todos estos años?
Prefiere no decir qué es lo más extraño que le encargaron en una oportunidad, pero  sí referirse a otros encargos insólitos como una funda de suela gruesa con un candado para que nadie viera televisión en  ausencia de la dueña de casa; un cinturón  con candado para amarrar la puerta de un refrigerador, para un precavido y ahorrativo dueño de casa que dejaba fuera del refrigerador lo justo para el almuerzo; una funda para cubrir un teléfono celular, de los primeros que hubo, grandes y con antena. 

Pero no solo ha satisfecho los caprichos de algunos clientes avaros, también él y su hermano lograron hacer una suerte de pieza ortopédica de cuero. Esta innovación cambió la calidad de vida de un gitano que tenía una lesión cervical para la que no servían los cuellos ortopédicos estándar. 

Si pudiera dirigirse a alguna autoridad, ¿qué le pediría para Chillán?

Sin vacilar responde: “Que a Chillán haya algo que la identifique. La artesanía que se vende acá, el 90 ciento no es de Chillán; ni siquiera de la provincia. Quisiera ver el mercado ocupado por los artesanos que fabrican cosas en el mismo mercado”.

1 comentario:

  1. ¿Como lo puedo contactar Joaquin? escribo desde Antofagasta. Gracias. emai milenium2025@gmail.com quiero ver si me puede hacer una funda de cuero para mi cuchillo de supervivencia Aitor Jungle King. Gracias.

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