lunes, 28 de julio de 2014

Remigio Islas; El hombre de las tijeras, las navajas y los secretos.

p.Úrsula Villavicencio

“Él vino acá, pasó por La Discusión, entró al local, me saludó de mano y me dijo: ‘Pucha, ¿qué tiempo nos queda? Me habría echado un corte de pelo’. Y el que estaba en la silla le dijo: “Señor Allende, con todo respeto, yo le cedo el asiento al tiro”. Y le corté el pelo”. Así recuerda Remigio Islas a uno de sus más ilustre clientes, de paso por Chillán durante las elecciones presidenciales de 1958 donde resultó electo Jorge Alessandri Rodríguez. Aunque en esa oportunidad no ganó, al menos Salvador Allende se fue con un buen corte de pelo y el peluquero se quedó con una anécdota que contar.






Don Remigio, de 74 años, es propietario de la segunda peluquería más antigua de Chillán, peluquería Islas, ubicada en la calle El Roble. Se trata de esos lugares que parecen haberse detenido en la línea del tiempo, con sus sillones antiguos, cielo alto, un gran espejo biselado que data de los años 40 y decenas de navajas de barbero.

Hace diez años ocupa este emblemático local, el tercero que ha tenido desde que comenzó hace 51 años a dedicarse a este oficio y al de amolador, más conocido como afilador de tijeras. Sin embargo, relata, hoy en día atiende más gente que antes porque ahora corta con máquina eléctrica, esto le permite atender a un cliente en 10 minutos: “Antes, con la máquina ‘manuable’, eran casi 25 minutos igual que la afeitada también, era antes más lento. Llegaron muchas navajas alemanas y norteamericanas de buena calidad que permiten trabajar más rápido”, comenta, y para graficar cómo han cambiado los tiempos de pronto abre un cajón y saca su carné de peluquero, un antiguo documento de 1959 que avala su trayectoria. Según relata, “antiguamente se rendía un examen ante una comisión examinadora de peluqueros” y el que aprobaba quedaba sindicalizado, “ahora cualquiera abre una escuela de peluquería, hay mucho descontrol”, asegura.




El rebelde
Sin prisa observa desde los ventanales el andar de esta ciudad, a la que llegó junto a sus padres y ocho hermanos a fines de los años 40. Relata que el viaje hacia Chillán lo realizó a bordo de un tren desde Chuquicamata, huyendo de las grandes huelgas y matanzas obreras ocurridas en el gobierno de Gabriel González Videla. También recuerda cómo su padre salvó obreros perseguidos por “comunistas”, ocultándolos entre los bultos a bordo del tren, el antiguo Longitudinal Norte, donde los pasajeros de pocos recursos viajaban sobre  bancos de madera durante dos días para llegar al centro del país. Otro tren los trajo hasta Chillán. Fue la primera vez en su corta vida que Remigio vio pasto, árboles, lluvia y más lluvia. 

Aprendió de su padre este oficio, con quien trabajó “desde que tenía 11 años cuando salí del sexto de preparatoria”, puntualiza. Sin embargo, su padre no era peluquero con credencial, sino que se ganaba la vida en Chillán ejerciendo todo tipo de oficios que había aprendido en la explotación del mineral. Finalmente terminó como peluquero cuando se quedó sin trabajo en la minería, un oficio que aprendió observando a un peluquero japonés.

Las exiguas mesadas y la rígida educación, acabaron por impulsar a don Remigio a independizarse a los 19 años. “Mi padre me daba dinero para salir a tomar helados con mi polola, pero no tenía un sueldo”. Incluso, dice, no le dio su autorización para hacer el servicio militar, quería tenerlo a su lado pero sin pagarle. Cansado, un buen día decidió marcharse a Santiago. “Me fui con una muda de ropa, llorando como cabro chico y volví a los tres años con una máquina eléctrica, bien ‘terneado’, cortando el pelo a navaja, que era algo que aquí no se conocía… Volví por mi mamá”. Ella le consiguió su primer local en el centro.

Por su oficio de peluquero, debe ser uno de los hombres que más secretos guarda en Chillán. ¿Cuál es lo más íntima o lo más extraño que le haya contado un cliente?  − “Uyyyy…  Eso es secreto… Le tendría que contar cuánta cosa…Me acuerdo que vino una señora y me preguntó: ¿Don Remigio, mi esposo estuvo ayer aquí? No, no estuvo − le respondí yo − ¿Seguro?, me preguntó ella. Seguro, le dije yo. En la tarde llegó el marido y me reclamó: Oye qué fuiste a hacer… tenís poco de esto (señalando su cabeza). 

El hecho es que don Remigio debió ponerlo en su lugar y explicarle cómo debe mentir bien un esposo: A ver…, vamos a aclarar un puntito: esta es peluquería y no es nada sala de copuchentos… Si querís hacer una cuestión bien hecha ven acá y dime: Oye, puede venir mi señora porque yo le dije que estaba llena la peluquería y por eso me demoré tanto en llegar a la casa…  ¿Ve que es fácil compadre? A mí que me diga cualquier compadre: No, yo a mi señora nunca le he mentido…  No, no, no: eso no es así”.

¿Cómo han cambiado los chillanejos en este medio siglo que usted lleva cortándoles el cabello? ¿Cómo ha cambiado la ciudad? -  “Ha habido un cambio grande, empezando por los autos. Antes había coches chicoteados, las victorias les llamaban. Cuando era niño y vivía en población Chillancito, allí por donde está el hospital ahora, por la avenida Argentina pasaban las carretas con bueyes que vendían el carbón por carretadas…Mire, yo encuentro que la gente antes era más sana en sentimientos, no era tan egoísta... el egoísmo mata”. 
¿Cuál ha sido el peor momento que ha vivido esta ciudad en los años que tiene usted viviendo aquí? -  “Yo creo que los terremotos. El del 2010… y el del año 60 en Valdivia, que fue como a las dos de la tarde: eso fue terrible…

Sin embargo, don Remigio considera que los acontecimientos políticos más complejos los vivió a raíz del golpe militar de 1973, cuando por capricho de un militar que entró a cortarse el cabello al borde de la hora del toque de queda, se vio obligado a volver tarde a su casa y fue detenido por una patrulla. También recuerda cómo debió defender a un dirigente del sindicato de peluqueros perseguido por su supuesta militancia política. A esta historia agrega la del hermano de un conocido y antiguo relojero de Chillán, cuyo cuerpo inerte apareció en un río: “un huasito le vio un reloj y se lo sacó porque estaba muerto; después lo mandó a arreglar ahí en el mercado ¿y sabe a quién le pasó el reloj? al papá del muchacho”. El padre interrogó al campesino prometiendo confidencialidad y así fue como pudo encontrar el cuerpo de su hijo junto a varios otros cuerpos.

¿Y cuál cree que fue el mejor momento de esta ciudad?- “Lo que a mí más me gustaba era cuando llegaban las fiestas de la primavera, cuando las escuelas sacaban carros alegóricos alrededor de la plaza. Cuando yo tenía como 14 años en esas fiestas vendía cartuchos de challa que recogía del piso: tres cartuchos en un peso”.
¿Si usted pudiera dirigirse a alguna de las autoridades de la ciudad, qué les diría o qué les pediría que hicieran por Chillán?- “Al alcalde yo le diría: Sabe qué, señor alcalde, me gustaría que usted me acompañara para mostrarle la ciudad donde hay miles de baldosas que arreglar y hoyos que componer, porque donde usted ande saltan las baldosas lejos”. 

Don Remigio llevó el estandarte de la lucha contra la pediculosis (vulgo piojos), allá por los años 70 y 80, cuando puso de moda una receta que nadie más conocía en Chillán para ese entonces y que él aprendió en uno de esos libros que le gusta leer, y aún hoy suele recibir consultas sobre esta buena receta si  bien hoy en día no se recomienda, tampoco falla.

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