viernes, 23 de diciembre de 2016

FRANCISCO RAMIREZ HAM

CUATRO CRIMENES Y NI UN CULPABLE

Tras una reja de herrumbroso hierro forjado y abriéndose espacio entre las telarañas, es posible divisar seis lápidas blancas al interior del mausoleo levantado en 1905, todas con data de muerte anterior al terremoto de 1939. Llama la atención que en dos de ellas estén inscritos dos nombres en cada una: Delfina y Margarita, María y Raquel. Ambas sepulturas tienen grabada la misma fecha de muerte: 10 de mayo de 1922. Se trata de la triste historia de las cuatro hermanas Ramírez Prunes, asesinadas por su propio padre, Francisco Ramírez Ham.
p. Ursula Villavicencio / Marcia Castellano


El mito urbano se ha encargado de contar esta historia y de sazonarla con telenovelescas escenas. Algo tienen de cierto. Sin embargo, el siguiente relato no corresponde a la fértil inventiva popular, sino a hechos documentados directamente en el Archivo Judicial, Registro Civil, diarios de la época e información recabada en el Cementerio General de Santiago.

“La tragedia de ayer conmueve profundamente a la ciudad”, titulaba el diario La Discusión del jueves 11 de mayo de 1922. No era para menos, si al crimen se sumaba que el hechor era un ex diputado por Chillán electo en el periodo 1912-1915, militante del Partido Liberal, el reconocido hombre de negocios Francisco Ramírez Ham. Según se ha indagado, Ramírez también participó en una sociedad conformada por insignes señores que se hicieron cargo del diario La Discusión a partir de 1907, al morir repentinamente el propietario de ese entonces, Ángel Custodio Oyarzún. Posteriormente se sucedieron nuevos dueños en sociedades por acciones.


Nacido el 4 de junio de 1882, heredó la cuantiosa fortuna de su padre, Isaías Francisco Ramírez (1852-1910), este último vinculado a obras de beneficencia. Con mérito y trabajo incrementó sus bienes, llegando a convertirse en uno de los más acaudalados hombres de negocios de la época en Chillán. Pero los desaciertos empezaron a sucederse y vio la ruina financiera en su horizonte cercano, a tal punto que se vio obligado vender algunas de sus propiedades, como el molino “San Pedro”, donde residía (ubicado en el camino al Cementerio Viejo o Parroquial, cerca del actual consultorio Violeta Parra) y el molino “Wicker” (en Avenida Collín). Sin embargo, no pretendía eludir sus deudas y estaba en conversaciones con sus numerosos acreedores para encontrar un acuerdo.

En un extenso reportaje publicado por el rotativo hace casi cien años, se ofrecen antecedentes esclarecedores sobre el implicado, su vida y una cronología de lo sucedido la tarde del 10 de mayo de 1922. Cerca del mediodía, Ramírez pidió al chofer Victorino Luengo que lo trasladara hasta el río Ñuble junto a sus hijas Margarita y Delfina (gemelas, 10 años), María (7) y Raquel (5). Las niñas estaban al cuidado del padre ya que cinco años antes habían perdido a su madre, según figura inscrito en la lápida del mausoleo: Margarita Prunes, 1885-1917. Al llegar a su destino, Ramírez solicitó al chofer esperarlos mientras daban un paseo por el río, desde ahí se les perdió la huella.

Según consta (textualmente) en el acta del proceso: “una vez en la orilla del río, entusiasmó a sus hijitas con la idea de bañarse junto con él, les hizo quitarse sus abrigos i sus zapatos i estando a la orilla del río las empujó hacia el agua, haciendo que las llevase la corriente; que él en seguida continuó con ellas dentro del río hasta que las vio desaparecer i después salió a la orilla i con una navaja de barba que había llevado se dio un corte en el brazo izquierdo a fin de causarse la muerte cortándose las arterias i que hecho esto perdió el conocimiento”. Así fue encontrado a orillas del río, completamente mojado y sangrando, siendo enviado de inmediato al Hospital (donde hoy se emplaza el Liceo Industrial), específicamente a la pieza nº 4 del Pensionado. En tanto, los cuerpos inertes de María y Raquel fueron hallados horas más tarde y, al cabo de cuatro días, los de la gemelas Margarita y Delfina.



Ramírez, agrega en su declaración que había tomado esta determinación días antes con la convicción de que no había otro camino para salvar a sus hijas de la miseria.

El 20 de septiembre de 1922 el reo fue trasladado desde la Cárcel (ubicada en el mismo emplazamiento actual) hasta el Hospital, con el fin de someterlo a peritajes siquiátricos. El informe presentado al juzgado el 10 de marzo de 1923, elaborado por los médicos Exequiel Rodríguez y José María Sepúlveda Bustos, concluyó que: “ha sido un acto perfectamente caracterizado de perturbación mental, la que hemos descrito y definido con el nombre de locura melancólica afectivo delirante. (…) Como consecuencia, no ha tenido inteligencia ni libertad en la ejecución del homicidio”. Con estos antecedentes más su irreprochable conducta anterior, finalmente el 19 de abril de 1923 el tribunal resolvió eximir de responsabilidad criminal a Francisco Ramírez Ham y dictaminó enviarlo a la Casa de Orates de Santiago.

Consultado al respecto, el siquiatra Rodrigo Arrau, aclara que el diagnóstico anterior corresponde hoy en día a una depresión mayor severa psicótica, que perfectamente pudo curarse con un tratamiento adecuado. Y todo indica que así sucedió, pues Francisco Ramírez Ham, sin haber cumplido un día de cárcel por sus cuatro crímenes, rehízo su vida en Santiago y contrajo nuevamente matrimonio en 1930. Según los archivos del Registro Civil, fijó domicilio en Las Condes, tuvo un empleo que le permitió recibir una jubilación y murió el 1 de febrero de 1967, a los 84 años, a causa de una bronconeumonía. Sus restos yacen en el Cementerio General de Santiago.

Más allá de lo patrimonial y lo histórico, las historias que guarda el Cementerio de Chillán son un reflejo de nuestra sociedad: en la vida y en la muerte la segmentación por linaje está presente.

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