domingo, 18 de diciembre de 2016

SABINA NAVARRETE PASARINA

p. Ursula Villavicencio / Marcia Castellano



Uno de los pocos mausoleos que resistió los fuertes sismos de 1939 y de 2010, pertenece a una conocida madama del siglo pasado. Llamativo y a lo grande, como posiblemente fue la vida de su propietaria, es el aspecto del gran mausoleo que tiene inscrito el nombre de “Sabina Navarrete 1912”. Se trata de la conocida “Tía Sabina Navarrete”, dueña de la casa de remolienda más elegante de Chillán de aquel entonces. Quizá su mausoleo se inspiró en su mítico palacete ubicado en Purén con Arauco, sitio donde hoy se ubica el Servicio de Salud. A través de la reja de hierro forjado puede verse una virgen quebrada en el suelo, lápidas partidas y plumas de palomas. En resumen, su tumba es como el burdel a la mañana siguiente de la juerga, pero una mañana que se quedó suspendida en el tiempo.





Es de imaginar el escándalo que se habrá generado en 1912 cuando la connotada regenta, la misma que llevaba en calesita a sus “niñas” para exhibirlas en las quintas de recreo de Chillán Viejo, se construyó un mausoleo con mármoles rojos y cúpula, justo entre los panteones de las familias más ilustres de la ciudad. A diferencia de los demás, ella puso en el frontis su nombre, apellido e iniciales “SN” forjadas, para desafiar sin miramientos a sus ricos vecinos del patio Nº1, que la repudiaban tanto por su licenciosa vida como por haberse enamorado de un hombre veinticinco años menor.

La testigo más cercana a esta historia de amor es una mujer que avanzada edad quien, a través de su hija María, nos revela algunos pasajes de la vida de Sabina Navarrete. María, relata que su abuela y su madre – hoy de 90 años, a quien llamaremos Ana -, llegaron del campo a casa de Sabina en la década de 1920; la primera como asesora del hogar, mientras que la pequeña Ana iba solo de visita a la residencia ubicada en Arauco con Maipón. En ese entonces Sabina vivía con un hombre de origen francés, hijo de un relojero avecindado en la ciudad, que se había emparejado con la mujer cuando él apenas tenía 14 años y ella cerca de 40. La decisión del joven inmigrante causó la indignación y el quiebre definitivo con su familia, entonces Sabina se transformó en su amante y madre adoptiva. A partir de ese momento, la mujer se alejó de sus quehaceres en el burdel y se dedicó a la filantropía. “Era muy humanitaria y ayudaba mucho a las iglesias. La gente la quería mucho, pero también le tenían mucha envidia”, dice María trasvasijando lo que su madre le contó.

La ex madama y el francés estuvieron juntos durante casi 20 años, sin haber contraído matrimonio, hasta que un cáncer al estómago interrumpió el idilio. Sabina Navarrete Pasarina murió el 17 de noviembre de 1937. Le hacen compañía en el sepulcro su padre Juan, fallecido en 1905 (probablemente trasladado desde el cementerio Parroquial) y María, la madre, muerta en 1914.

Pero la historia no termina ahí. El francés mantuvo el luto durante una década hasta que contrajo matrimonio con Ana, la misma mujer que nos transmitió esta historia en voz de su hija. María bien pudo ser hija de Ana y el francés, pero de esta unión solo nació un descendiente porque a los siete años de la boda el hombre murió. Sus restos no descansan junto a Sabina Navarrete pues nunca fue su marido ni su heredero, ya que todos los bienes de la madama habían sido puestos en vida a nombre de él. Por esta razón, hoy en día en este mausoleo no queda ni el fantasma de una flor ni alguien que se haga cargo de reparar sus muros fisurados. El paso del tiempo hará lo suyo sin que un alma se apiade del recuerdo de esta mujer de origen humilde, oriunda de Mulchén, que comenzó como modista en el Ejército y terminó convertida en la más connotada madama de Chillán.

Ver más historias de cementerio en:
http://chillanantiguo.blogspot.cl/2014/07/historias-del-cementerio-de-chillan.html




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