jueves, 21 de febrero de 2013

Vitivinicultura en Ñuble...


Marco Aurelio reyes Coca
Profesor de Estado en Historia, Geografía y Educación Cívica de la Universidad de Chile, y Magíster en Educación de la misma Universidad
Archivo / Diario La Discusión
Chillán Antiguo
Fotografía; aporte sr. Ricardo Bocaz /  tonelería (fábrica de barriles) del Manuel Bocaz Hermosilla Chillán aprox. 1945-1950

La historia de la vitivinicultura chilensis data de 1551, cuando el conquistador Francisco de Aguirre efectúa la primera vendimia. La impronta es el vino de variedad tinta española “país”, negra, rústica, similar a la “criolla mendocina y la misión californiana”.




Era el “pipeño gusto a borra”, producido rústicamente en el Chile Central hasta inicios del siglo XX, pero que en Ñuble perduró en el tiempo, en la inteligencia gustativa. Vendimiado “a chala pelá” y guardado para fermentar en vasijas de greda, tapada con barro alquitranado.  Tanto encantó que hacia 1930, llegamos al consumo de 70 litros per cápita. Estábamos casi al límite del alcoholismo.

La “cuestión vinícola” (1930) que asoló a Ñuble, con restricciones de comercialización y consumo, más los efectos de la “revolución francesa en la vitivinicultura”, bajaron el consumo a 19 litros per cápita.
El cambio tecnológico impulsado por Silvestre Ochagavía, transformó la vitivinicultura del Chile Central; que no llegó hasta los viñedos del Chillán adentro, sólo llegó hasta el río Maule como límite de los vinos finos y de los otros.

Lo principal fue la introducción de la cepa francesa Cabernet Sauvignon, no para suplir a la “país”, sino para “dar cuerpo al rústico pipeño”.

La crisis de 1930, con las fronteras vinícolas y la fijación de precios, provocó el retroceso de los pipeños que ceden ante los “filtrados”. En la cultura tintera se recuerda el “pipeño con gusto a borra”, avasallado por el Cabernet Sauvignon, el Merlot y el redescubierto Carmenere, en un 77% de los viñedos. 

Las “bodegas” comercializadoras generan una cartografía bodeguera, con alta densidad y focos de la sociabilidad machista. Destacaban por las pipas de maderas, en penumbras y humedad, que expendían al “pie de la vaca” en litros de fierro enlozado. Vendían en envases de vidrio recubiertos de mimbre de manos artesanales: “garrafas (5 litros), “Damajuanas” (10 litros), “Chuico” (15 litros) y la “arroba” (18 litros).

Estos envases inspiraron a poetas: “El Chuico y la Damajuana. Después de muchos percances. Para acabar con los chismes. Deciden matrimoniarse.  Subieron a una carreta tirada por bueyes….” (Nicanor Parra).
Los tiestos vineros eran transportados a las botillerías en camiones cargados hasta el tope como paisaje urbano de una sociedad altamente vinera. Los expendios debían cerrar al mediodía del sábado, se supone para disminuir el alcoholismo, en tanto que los degustadores se cobijaban en las bodegas buscando el deleite de la dulce embriaguez. Esa costumbre se fue perdiendo con el tiempo.  

Los “pipeños fueron satanizados” por su proceso de producción que no aseguraba calidad, quedando como un vulgar vinagrillo, ante el buen gusto de los tintos de mejor calidad y cepas.
Comienzan a producirse los vinos para la exportación, de buen gusto y fina presentación, a cargo de viñedos manejados científicamente, especialmente de las cepas Cabernet Sauvignon y los Carmenere, en verdaderas viñas boutique. De esta manera, se eleva la calidad de la producción vinícola del Valle del Itata, dejando atrás los tiempos del pipeño con gusto a borra.

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