lunes, 19 de julio de 2010

Bernardo O`Higgins Riquelme de la Barrera. Discurso de Diego Barros Arana el año 1869; año en que regresa a reposar en suelo patrio.

A las 12 y media del día 24 de octubre de 1842 se apaga en Lima la gloriosa vida de Bernardo O´Higgins, que consagró íntegramente al servicio de Chile y de América, siendo sepultados sus restos con los honores militares correspondientes a su rango. Un mes después, el 26 de noviembre, en la iglesia limeña de San Agustín se celebran una solemne honras fúnebres, a las que asisten el vicepresidente del Consejo de gobierno y el cuerpo diplomático , cubierto por las banderas de Chile, Perú y Argentina.
Sus restos, que hoy descansan en el Altar de la Patria, frente al edificio de La Moneda fueron repatriados en 1869. A continuación las palabras del discurso de Diego Barros Arana pronunciadas en aquella época.

(Diego Barros Arana, 13 de enero de 1869)
No es el dolor lo que nos reúne hoi en este lugar de tristeza i de luto. La urna que en estos momentos rodea un pueblo inmenso, no despierta en nuestras almas los amargos sentimientos que siempre inspira la pérdida de un ser querido cuyo cadáver venimos a depositar en la mansión de los muertos. En presencia de este puñado de polvo, que sirvió de ropaje mortal al espíritu del Capitán Jeneral don Bernardo O’Higgins, sólo se hace sentir el eco de la gratitud nacional, que viene a rendirle el tributo de su admiración i de su respeto. Estas cenizas venerables, proscritas por largo tiempo del suelo chileno vuelven hoi triunfantes para recibir las bendiciones de la justiciera posteridad.
La voz del patriotismo se ha alzado en todas partes para repetir el elojio del primer campeón de la lucha de nuestra independencia. Pero O’Higgins no fue solo el mas valiente i el mas entendido de nuestros guerreros; el glorioso derrotado de Rancagua i de Talcahuano, i el vencedor heroico del Roble i de Chacabuco; el Jefe Supremo del Estado, que con una constancia nunca desmentida i con una inteligencia superior organizó ejércitos i equipó escuadras para ir a arrojar de toda la América a sus antiguos opresores. ¡No! al lado de esos títulos, a la admiración i al reconocimiento de sus conciudadanos, O’Higgins puede exhibir otros, menos brillantes sin duda, pero que revelan que junto con el alma bien templada del soldado i del patriota, poseía la cabeza del estadista i la mirada escrutadora del hombre que, en la dirección de los negocios públicos, se adelanta siempre a las preocupaciones de sus contemporáneos.
Después de los elocuentes elogios de aquel ilustre ciudadano que acabais de oír, permitidme que os recuerde solo tres actos de su vida, que conducen a probar este concepto.
En setiembre de 1817, O’Higgins se hallaba en Concepción dirigiendo las operaciones de la guerra. “Queriendo- con sus propias palabras- desterrar para siempre las reliquias del sistema feudal que ha regido en Chile, i que, por efecto de una rutina ciega, se conserva aun en parte contra los principios de este Gobierno, decretó la abolición de todo título de nobleza o de dignidad hereditarias como opuestas al espíritu democrático de un pueblo republicano”. La junta gubernativa que mandaba en Santiago, aunque formada de patriotas ardorosos; se resistía a publicar ese decreto. Temíase que aquella declaración apartarse de las filas de los revolucionarios a todos, o a casi todos los señores de la antigua colonia; i sobre todo que predispusiese contra la causa de la independencia a la poderosa e influyente aristocracia del Perú, sobre cuyo país se preparaba entonces una expedición para destruir el último baluarte de la dominación española en América. O’Higgins desoyó esas consideraciones; i sin consultar otro consejero que su corazón, i buscando ante todo la igualdad de las condiciones sociales como expresión del respeto que nos debemos todos los hombres, abolió para siempre en Chile los títulos de nobleza, i el uso de cualquiera distinción hereditaria. Así fue como adquirimos de hecho una de las hermosas garantías de nuestro derecho público: En Chile no hai clases privilegiadas.­
He aquí otro hecho. Durante la revolución de la independencia americana, hubo momentos en que algunos de sus mas ilustres promotores perdieron la confianza en su obra, i volvieron la vista hacia Europa para pedir uno o varios príncipes que vinieran a reinar en los nuevos Estados. Hombres distinguidos por su grande inteligencia, patriotas eminentes, creían con toda sinceridad que los americanos no podrían pasar del despotismo de la colonia a la vida de la libertad i de la República. En Buenos Aires, en donde las ideas de democracia estaban profundamente arraigadas, se pensó en elevar un trono para un hermano de Fernando VII. El mismo San Martín, republicano austero por principio, creía que la independencia de América, no seria un hecho indestructible, ni alcanzaría el reconocimiento de las potencias extranjeras, mientras las nuevas naciones no se constituyeran en monarquías, buscando, así decía, las únicas instituciones que están en armonía con los antecedentes i con la educación de estos pueblos.
En Chile esas ideas no obtuvieron nunca aceptación, pero fue O’Higgins el que, haciéndose superior a los temores i a las desconfianzas de alguno de los patriotas americanos, salvó a nuestra revolución de haberse empañado con un solo día de vacilaciones sobre la futura forma de Gobierno. “Si Chile, decía en un documento notable, ha de ser República como lo exigen nuestros juramentos; si nuestros sacrificios no han tenido un objeto insignificante; si los promovedores de la revolución se propusieron hacer libre i feliz a su suelo, i esto solo se logra bajo un gobierno republicano i no por la variación de dinastías distintas, preciso es que huyamos de aquellos fríos calculadores que apetecen el monarquismo”. I el ardoroso corazón de O’Higgins rechazó con firmeza incontrastable todo pensamiento que tendiese a monarquizar las antiguas colonias de la España. “mientras yo tenga influencia en los destinos de mi patria, repetía constantemente, arrostraré cualquier sacrificio antes que tolerar que se busquen reyes para gobernarla”.
Paso ahora a recordaros el tercer acto de la vida de Capitan Jeneral a que he hecho alusión al comenzar este discurso.
A principios de 1818, todo estaba preparado para hacer la solemne declaración de la independencia de Chile. Los más ilustres letrados del país se habían reunido con el objeto de redactar el acta que debía afirmar el Director Supremo. Ya podéis imajinaros el cuidado con que se elejian y se coordinaban cada uno de los pensamientos i cada una de las palabras de aquel documento importante, con que Chile se anunciaba como nación independiente a todos los pueblos del orbe. Los consejeros de O’Higgins, siguiendo el ejemplo trazado por otros pueblos americanos, declaraban en él que Chile estaba resuelto a. vivir i morir libre, defendiendo la fe católica con la esclusion de otro culto.
¿Sabéis lo que contestó el Director Supremo cuando se le presentó el manuscrito para que se pusiese su venerable firma? Vais a oírlo: son las palabras salidas de su alma, sin añadirlos y sin quitarles nada. “La protesta de fe que observo en el borrador cuando habla de nuestro deseo de vivir i morir libres defendiendo la fe santa en que nacimos, me parece suprimible por cuanto no hai de ella una necesidad absoluta i que acaso pueda chocar algún día con nuestros principios de política. Los países cultos han proclamado abiertamente la libertad de creencias: sin salir de la América del Sur, el Brasil acaba de darnos ese notable ejemplo de liberalismo; e importaría tanto proclamar en Chile una relijion escluyente, como prohibir la emigración hacia nosotros de multitud de talentos i brazos útiles en que abunda el otro continente. Yo, a lo menos no descubro el motivo que nos obligue a protestar la defensa de la fe en la declaración de nuestra independencia”.
I O’Higgins modificó el acta, í suprimió esa restrictiva protestación de fe, dando así una prueba solemne de su respeto por todas las creencias.
En esa misma época O’Higgins encargaba al ajente de Chile en Londres que contratase en el estranjero inmigrantes europeos que viniesen a poblar nuestras desiertas campiñas. “En esa inmigración, decía, serán comprendidos los ingleses í cualquier otra nación, sin serle obstáculo su opinión religiosa”.
El medio siglo de vida independiente i republicana que llevamos recorrido nos aleja tanto de las ideas del pasado, que la intelijencia no puede comprender el estado del país en la época en que O’Higgins pronunciaba estas palabras. Toda la voluntad del Supremo Director fue impotente para consignar aquel principio en las dos Constituciones que se dictaron bajo su Gobierno. Para que os formeis una idea aproximada de lo que pensaban sus contemporáneos en estas materias, recordad que se han necesitado mas de cuarenta años para que la leí venga a sancionar los fervientes votos que en 1818 hacía el padre de la patria.
Me parece que bastan estos hechos para daros a conocer una de las fases más prominentes del carácter de este gran ciudadano.
O’Higgins, republicano con convicción, adelantándose a las ideas de muchos de los mas distinguidos entre sus contemporáneos, pensaba que la leí debía proclamar la igualdad de todos los hombres, i dispensarles una protección idéntica, cualquiera que fuese su nacimiento, cualquiera que fuesen sus creencias.
Después de referiros estos hechos, es inútil que os recuerde que O’Higgins, luchando con arraigadas preocupaciones, estableció los cementerios para desterrar la funesta costumbre de sepultar los cadáveres en las iglesias, que creó paseos públicos para dar salubridad i ornato a nuestras poblaciones, que fundó en ellas los primeros mercados que mandó abrir la Biblioteca i el Instituto Nacional, cerrados durante la reconquista española, que dispensó a la agricultura una protección tan jenerosa como benéfica i que llevó la acción del Gobierno a todas partes a donde se lo permitían los escasos recurso s del país.
He aquí en rápida reseña algunos de los hechos que la posteridad recuerda cuando el pueblo se agrupa en este sitio para bendecir las cenizas del gran ciudadano, ya que no le es dado poner sobre sus sienes la corona inmarcesible a que lo hicieron acreedor su heroísmo, su intelijencia i sus virtudes. Pero O’Higgins no ha muerto: vive inmortal en las pájinas justicieras de 1a historia, en el recuerdo de sus compatriotas i en Chile entero, que tanto amó, por el cual hizo tantos i tan grandes sacrificios, i cuya independencia proclamó con su palabra i afianzó con su espada.

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